Necesidad y contingencia: Análisis en Alejandro Magno

Publicado en Filosofía con etiquetas , , , el 27 Febrero 2007 por Joan

1. INTRODUCCIÓN

La figura de Alejandro Magno puede considerarse con toda certeza uno de los grandes personajes históricos, equiparable a Ramsés II, Gengis Khan o Napoleón. Son personajes en los que, siguiendo a Hegel, se produce una confluencia entre interés particular y general, y su egoísmo, un egoísmo extremo que afecta a decenas de miles de vidas, les lleva a dar un paso de gigante en el devenir histórico de la humanidad. Una suerte de astucia de la razón convierte ese anhelo individual, una fuerza irresistible para el gran protagonista, en un fin universal; el personaje juega entonces un papel tanto universal como particular, su devenir histórico se entremezcla con la determinación de un fin de la historia al que irremisiblemente confluyen sus actos. Las grandes conquistas se convierten en puntos de partida para el desarrollo de una gran civilización; estos personajes destruyen imperios y preceden a otros nuevos, y ahí es donde puede observarse un movimiento histórico acelerado.

La intención de este trabajo es precisamente ésta, elaborar un breve esbozo de la figura de un gran personaje histórico, en este caso, Alejandro Magno, desde una perspectiva hegeliana; discutir su adecuación, sus consecuencias y la problemática que de ello se deriva. No se trata de afirmar concretamente nada sobre el rey macedonio, sino de situar un intenso momento histórico, con un claro protagonista, bajo una óptica determinada y particular.

Los textos de Filosofía de la Historia hegelianos son especialmente recomendables para tratar este punto porque lo desarrollan explícitamente. El núcleo temático que va a tratarse puede relacionarse con el resto del desarrollo hegeliano sobre la materia, no sólo para ofrecer mayor profundidad, sino también para contemplar un mayor rango de las consecuencias de que derivan de una concepción como esta.

Así, Alejandro Magno va a ser visto desde una óptica fundamentalmente moderna. Si bien dicha visión conlleva un inevitable (y tal vez, condenado al fracaso por su ingenuidad) anacronismo, permite ponerla en relación al desarrollo filosófico que nos interesa. De otro modo sería imposible; a estas alturas no estamos en disposición de pretender emprender un análisis plenamente adecuado en su contexto histórico y, menos aún, de ponerlo en relación con las temáticas propuestas para este trabajo.

De este modo, el Alejandro Magno que va a presentarse puede mostrarse sensiblemente distanciado de lo que hoy se podría considerar su psicología, su carácter o sus pretensiones. El interés se centra más concretamente en las consecuencias de esas decisiones, las cuales son históricamente bastante definidas. Así pues, y como mínimo, a los hechos nos remitiremos.

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Alejandro y Diógenes

Publicado en Relatos con etiquetas , el 12 Octubre 2006 por Joan

El cuarto año de la centésimo sexta Olimpíada llegaba a su otoño. Alejandro soltó su apostura por las callejuelas de Corinto. Acababa de ser ratificado como heredero de Filipo, y por lo tanto, hegemón vitalicio de la Liga Corintia. Exceptuando Esparta, que desde hacía largos años había perdido todo esplendor, la Hélade estaba controlada y pacificada. Tebas no volvería a causar problemas, y Atenas temblaba entera por la resolución de aquel muchacho advenedizo. Demóstenes podría causar problemas, al menos durante un tiempo; ya se encargaría de él. Así que Alejandro tuvo tiempo para distraerse, con la mente tranquila y la cabeza serena. Los muchachos de la guardia le seguían de cerca, con los puños cerrados junto a las espadas. A diez pasos. Eran altos y robustos, no como Alejandro.

Él irradiaba otro tipo de fortaleza. Tormenta y calma en sus ojos, insaciable curiosidad. Una profundidad verdosa y brillante, a la expectativa. Caminaba danzando, con extrema suavidad. Todo el mundo lo contemplaba murmurando, como arrullando, extasiados como estaban por ese porte arrogante y resuelto, mientras él meneaba impasible su larga cabellera dorada. La armadura de gala refulgía y tintineaba suavemente sobre sus muslos. Apenas era mayor de edad y tenía atado de pies y manos el mundo heleno. Alejandro, un león joven, noble y hermoso, pero también terrible, a punto de saltar sobre cualquier presa, rebanarle el cuello de una dentellada y beber enloquecido su sangre.

Le habían hablado de Diógenes. Diógenes el cínico, un viejo filósofo de la secta del perro. Vivía de la limosna, sin más atuendo que la desvergüenza y un malentendido sarcasmo. Desdeñaba cualquier norma cultural, y se dedicaba a sobrevivir arrastrándose al margen del devenir de la polis. Un gran sabio, le habían dicho. Alejandro esperaba que el viejo fuera a verle. Avergonzados, le habían indicado dónde vivía.

Atravesó las callejuelas que llevaban a las afueras de la ciudad. Había atravesado los robustos muros bajo la atemorizada mirada de los centinelas. La gente, vestida con sucios harapos y cortos quitones, se apartaba a su paso, y dejaba tras de sí calles enlodazadas y llenas de mierda. Por el centro corría un apestoso riachuelo de color oscuro. Las casas, de barro enyesado, eran pequeñas y modestas. Las mujeres no salían de ellas. Se quedaban en los dinteles de las puertas, sin dejarse ver.

Al fin le vio, apoyado en una pared desconchada y tomando tranquilamente el sol. Tenía un viejo barril a su lado. El poco pelo que le quedaba era blanco y ralo. La piel, morena y agrietada, se tendía sobre él como un generoso manto, arrugado y deshilachado por la intemperie y la dejadez. Sonreía con su desdentada boca y, a pesar de todo, no parecía un simple anciano. Mostraba un absoluto desdén, no se preocupaba por parecer respetable o débil. Sencillamente, estaba ahí tendido, como un madero abandonado, disfrutando de la cálida tarde, sin más. Alejandro se paró un momento a contemplarle y se acercó. Apestaba.

Se puso ante él con decidido porte. Le miró de cerca, tomó aire.

    - Soy Alejandro, rey de Macedonia y caudillo de los helenos. Pídeme lo que desees y te será concedido.

Su voz sonó fuerte pero melodiosa. Sólo quiso llamar su atención. Aquel viejo le inspiraba cierto respeto, parecía valiente y tenaz. No era sabiduría lo que leía en su rostro, pero sí una gran voluntad. Diógenes se divertía profundamente viviendo cómo lo hacía. Era su desafío a la polis, a la luz de la Oikumene, al orden y la prudencia, al mundo político lo que le hacía singular. No de por sí valioso, pero distinto al menos.

    - Entonces apártate, que me tapas el sol – replicó con voz áspera, como el graznido insolente de un cuervo -.

Alejandro sonrió. No se movió ni un ápice. Dejó que su dulce aroma se liberara por el ambiente. Permitió que Corinto bebiera de su grandeza. Esperó a que su poder fluyera por encima de la basura y se grabara en la mente de aquella gente. La guardia le esperaba, impaciente. Algunos se reían de Diógenes y susurraban comentarios mordaces. Alejandro orientó el cielo a su mirada y pausadamente dijo:

    - Si no fuera Alejandro, sin duda querría ser Diógenes.

El viejo sonrió, con el semblante triunfante.

Aristóteles, desde el ninfeo en Mieza, levantó la cabeza y se puso a reír con ganas. Una carcajada sonora y clara, como el fresco repiqueteo de la lluvia en las hojas verdes de un roble joven. ¡Por el perro!

Conte burgès

Publicado en Relatos con etiquetas el 11 Julio 2006 por Joan

En Pere Pujols era un home com cal; atenia els clients de la carnisseria al matí, prenia el cafè a casa amb la seva esposa i se n’anava a dormir a les nou. Gaudia, sense pensar-hi massa, en el seu ordre, el tarannà impol·lut de la seva existència, calmada, plàcida i tranquil·la. Cap clienta sobrevivia a la seva mirada inquisitorial; la seva carnisseria no era per a obrers i bruts camperols, sinó per a gent de bé, evidentment educada polida, i grassa. Compraven enormes talls de pernil ibèric només per fardar, i ell es delia ridiculitzant-les en silenci. Eren estúpides, terriblement hipòcrites i buides.

Una nit no es va trobar bé. Li ho va dir, en una de tantes converses insubstancials, a la seva insulsa dona. Van acordar, sense esma, avisar el metge el dia següent. A les vuit, en Pere Pujols ja era al llit. Va veure’s a desgana el got de llet calenta que la estúpidament sol·lícita muller li va portar i no es va molestar a acomiadar-se. No estava d’humor.

No es va despertar, però aviat va notar una rara sensació, com d’inconsistència. Era desagradablement nou. No hi va voler pensar, però bé sabia que aviat s’adonaria que havia perdut el cos. I, Déu meu, en Pere Pujols va cridar aterrat, va esbufegar i es va desesperar fins gairebé perdre el sentit. Una situació desconeguda, que no podia controlar. Maleït sia, havia perdut el cos, i no era una cosa de les que passen cada dia.

Al cap d’unes hores va aconseguir-se asserenar i va observar, per primer cop a la seva vida, l’entorn. Seguia existint, certament, però d’una forma totalment diferent. No era al llit, ni enlloc; El món li va escaure molt feixuc d’aquella manera, tant enormement consistent, complet i ordenat. Era com mirar des d’una finestra un paisatge de distàncies cambiants; ara era a milions d’anys llum de la terra i ara a escassos centímetres de la berruga a la barbeta de la seva dona. Podia mirar a tot arreu i enlloc alhora; però no era pròpiament enlloc. Sense cos, evidentment.

Aviat va entendre aquell estat com una extravagant, i per primer cop agradable, lucidesa. Al temps que era, entenia, sense traves però amb dificultat encara. Poc a poc va decidir-se per recuperar el cos, tot sabent que no seria gens senzill. Intuïa, sense saber perquè, que havia de fer-ho. D’entre les moltes possibilitats que se li plantejaven per a resoldre la situació, la més assequible li va semblar la de fer-se entendre per la seva dona. Ara que no tenia cos, la seva existència es reduïa a un significat, localitzat, de moment. Així que l’única forma de garantir l’existència era fer-se entendre i raure per sempre més en la consciència d’algú físic. No l’importava haver de conviure amb les estúpides idees d’aquella dona; era la més propera.

La millor forma de fer-se entendre era situar-se al periòdic, que ella llegia cada tarda a l’hora del te. Al costat dels successos internacionals, enmig de la gana a l’Àfrica i les pluges a l’Índia, allí, en Pere Pujols esperava la seva hora. Ben puntual, amb la tassa de sanefes vermelles a la mà, la muller va començar a fullejar el diari. I quina decepció en adonar-se que va ser incapaç d’entendre’l. El va llegir dos cops, fins i tot tres, amb cara estranyada. Tan familiar i alhora tan llunyà; la dona no va aconseguir esbrinar de què parlava aquella columna.

No l’havia entès. Era una idea lliurada a la realitat. En Pere Pujols es va desfer del nom i dels records, de res li servien ja, tot i que tampoc havia decidit fer-ho. Aviat es va sentir plenament calmat i serè. I lliure, molt lliure, enmig un mar cada cop més familiar i conegut. Al cap i a la fi, ell era un home. Sense cos, cap sentit tenia conservar particularitats. S’acostava poc a poc a tots i cadascun dels individus que eren com ell. En Pere Pujols és un home; l’home, al cap i a la fi.

Comentario al argumento ontológico de San Anselmo

Publicado en Filosofía con etiquetas , el 28 Marzo 2006 por Joan

“Et quidem cedimus Te esse alquid quo nihil maius cogitari potest. An ergo non est aliqua talis natura, quia dixit insipiens in corde suo: non est Deus? Sed certe idem ipse insipiens, cum audit. Hoc ipsum quod disco: aliquid quo maius nihil cogitari potest, intelligit quod audit; et quod intelligit in intellectu eius est, etiam si nom intelligat illud esse. Aliud enim est rem esse in intellectu, aliud intelligere rem esse.”

“Creemos que eres algo nada mayor de lo cual puede concebirse. Se trata, por consiguiente, de saber si tal Ser es, porque el insensato ha dicho en su corazón: No hay Dios. Porque cuando me oye decir que hay un ser por encima del cual no se puede concebir nada mayor, este mismo insensato comprende lo que digo; el pensamiento está en su inteligencia, aunque no crea que el objeto de este pensamiento es. Porque una cosa es tener idea de un objeto cualquiera y otro creer que es.”

Anselmus: Proslogio, Capitulum II

Según San Anselmo pues, la existencia de Dios es necesaria dada su naturaleza. Dios es nada mayor de lo cual nada puede concebirse, por lo que si se entiende esa idea, hay que admitir su existencia. Esto es, si entendiéramos tal idea pero no aceptáramos que existe, incurriríamos en una contradicción, puesto que deberíamos admitir un ser aún más perfecto (lo cual es imposible) que exista de facto.

En todo caso, y como consideración adicional, es preciso apuntar que San Anselmo no tenía noción alguna de la distinción entre esencia y existencia. Tal distinción no llegó a los filósofos cristianos hasta que no se tradujeron al latín los autores musulmanes, entre ellos Avicena. Así pues, San Anselmo sólo es capaz de diferenciar un ser exclusivamente en el entendimiento (tal como podría ser un centauro) y un ser real (como el hombre, del que podemos conocer la esencia y tenemos constancia de su existencia).

En la primera premisa, San Anselmo presupone que lo que él llama Dios puede concebirse realmente. Algo mayor de lo cual nada puede concebirse parece ser un concepto límite, el fin de un interminable camino. Dado que tiene que ser “lo mayor”, lo máximamente grande, y que siempre podremos pensar algo mayor a lo previamente concebido, parece que un concepto límite tenga una naturaleza un tanto difícil. Debe ser una idea total, absolutamente grande, corresponderse en la magnitud infinita. Puede pensarse algo así, pero no con suficiente consistencia como para considerarlo un “algo”. Debería ser una noción, pero es contradictorio tomar el infinito como algo concreto. Leibniz afirmaba que conceptos tales como velocidad máxima son contradictorios. No le falta razón, la velocidad máxima es propia del objeto que del punto inicial al final no invierte tiempo (puesto que, en caso contrario, podría concebirse una velocidad aún mayor), lo cual implica que no hay movimiento y, por tanto, tampoco velocidad.

En todo caso, aceptando que pueda concebirse la idea de algo mayor de lo cual no puede concebirse nada, nos encontramos ante otro obstáculo. San Anselmo presupone que la existencia (el ser real) es un atributo de grandeza, por lo que es indispensable para el mayor de los seres. Es decir, Dios es lo mayor que puede concebirse y, por tanto, debe existir (o ser realmente), puesto que si no existiera no sería lo mayor. En primer lugar, y dada su grandeza, sería delicado pensar que tal naturaleza tuviera que constreñirse a los criterios de perfección humanos. Nosotros, hombres mortales y miserables, tal vez pensamos que la existencia es un atributo de perfección, esto es, que es más perfecto un ser existente que uno simplemente ideal, pero eso no implica que una naturaleza divina deba considerarlo así. Por otro lado, y con mayor justicia, hay que considerar la réplica que hizo Kant [1] a este argumento.

Según este, lo que se afirma de un ente real (existente) y de otro simplemente posible puede ser lo mismo, o dicho de otro modo, los atributos que se pueden aplicar a seres reales y seres posibles son los mismos. Los atributos de algo posible se le dan en relación a ese algo, exista o no, no por ellos mismos. Así, cuando un ente es posible, sus predicados se afirman por sí mismos, porque existen (de un modo general, no particular, es decir, aplicados a ese ente posible). Así pues, concluimos que la existencia no es algo atribuible a un ente, sino que es su posición absoluta, y no meramente relativa (como lo sería un atributo). Por lo tanto, aunque pudiera concebirse la idea de algo mayor que lo cual no puede concebirse nada, ello no implicaría que tal idea tenga que existir necesariamente, como pretende San Anselmo, sino que puede quedarse como lo que es, una idea. Es decir, no puede concluirse ni que existe ni que no, lo cual no sirve de nada.

En realidad, el argumento ontológico de San Anselmo sólo puede demostrar que algo es necesariamente. Esto es, que hay un ser que, siendo como es, no puede ser de otro modo, esto es, no puede no ser. Hay algo que permanece siempre, al margen de la contingencia del mundo. Llegamos a esta conclusión reconsiderando su argumento. Avicena había recurrido a una dialéctica similar al considerar a Dios no como algo definido y individual, sino como el Ser, simplemente, un ente total y existente. Es un ser de naturaleza tal que su esencia no puede desvincularse de su existencia; su esencia consiste en su existencia [2]. La necesidad de este Ser también puede derivar de la contingencia propia del mundo. Entenderlo como un ser independiente, como se concibe a Dios, es erróneo; el Ser es el todo al que debe la existencia todo lo posible, esto es, el mundo sensible. No podría ser de otro modo; la contingencia evidente de lo aparente debe sustentarse en un contenido necesario que sea su causa lógica [3].

Tal como Kant afirmó, si no existiera nada a un nivel global, nada sería posible. Algo concreto puede concebirse como posible y, por tanto, no existente en algún momento. Sin embargo, de un todo tal consideración es errónea, si no hay existencia previa no puede concebirse ninguna posibilidad; algo tiene que existir necesariamente para que algo sea posible (puesto que si no, sería concebible un momento en el que nada existiese, y es evidente que existe algo). Sea lo que sea, se le llame Ser o como se quiera, el hecho es que hay existe necesariamente algo.

Muchos han sido los distintos argumentos ontológicos a lo largo de la historia. Procedan como procedan, el error último siempre consiste en la consideración de Dios como algo determinado e individual, en su personalización ideal. Sobra decir que ninguno de ellos es válido. No hay certeza, ni tan siquiera dialéctica, que exista Dios más que como mero concepto.

[1] KANT, I., El único fundamento posible de una demostración de la existencia de Dios; 1ª Consideración 1, 3, 1763.
[2] AVICENA, Isârât (Livre des directives et remarques); trad. A.-M. Goichon, Beirut-París, Vrins, 1951, págs. 371-372
[3] AVICENA, Kitâb al-Shifâ (Libro de la curación), II parte, ed. S. Van Riet, Lovaina, E. Peeters, 1983.

Meditacions literàries

Publicado en Nada en concreto el 7 Marzo 2006 por Joan

Resulta que un escriu, o això diu que fa, una novel·la. Resulta que porta dos anys de treball més o menys ininterromput. Dos anys donen per a mirar les coses amb una mica de perspectiva. Es comença creient que és el projecte de la vida. Il·lusiona veure com aquella idea creix i, sobretot, es fa latent i plenament tangible.

La qüestió, no obstant, va una mica més enllà. Jo vaig començar a escriure per necessitat. Portava molts anys amb una idea al cap i vaig aprofitar la primera ocasió que se’m va presentar per a dedicar-m’hi amb prou temps. La idea es feia grossa i complexa, cada cop més difícil d’abastar. Calia deixar-la en algun lloc perquè fos aprofitable; al cap i a la fi, semblava una bona idea. El cap rebentava, la idea creixia a passos agengantats. Una pàgina escrita equivalia a capítols sencers d’històries paral·leles, de missatges no escrits, de noves metàfores i recursos estilístics. Cada paraula escrita creava una nova dimensió d’aquella immensitat. No hi ha altra solució que seguir escrivint, sabent d’entrada que no es podrà escriure tot.

Tot és massa per a una novel·la, cal treure’n l’essencial. I no com un sacrifici, sinó per simple qüestió d’estètica. Escriure-ho tot seria, a banda de feixuc, literàriament farregós. Només cal escriure la veritable història, el nucli de la idea, i apuntar perquè no s’oblidin els detalls del món nou. Llavors miro el que tinc. Després de dues redaccions i infinitud de correccions menors, comença a distingir-se la idea inicial. Em sento com un escultor que té davant una pedra (marbre, si us plau) informe i obtusa, i a mida que se succeeixen els cops mestres acaba sorgint la figura, més o menys brillant.

Em deien que innovés, que fes quelcom atractiu, que abandonés la trama filosòfica… Jo escric per necessitat, no per a ser present en les llistes dels grans escriptors del segle. Escriure per necessitat no es contradiu amb intentar fer una bona novel·la, però no té perquè implicar la voluntat de vendre. Ni pretenc fer un best-seller ni el faré mai. Aquesta és la meva primera novel·la, encara no és acabada, però puc reflexionar-hi. Entenc les meves limitacions i sé que ni serà la última ni de lluny la millor. Però és la primera. La més dolça, la més ingènua, la més difícil. He abocat la meva vida en aquell grapat creixent de lletres i no només hi sóc jo, sinó tot el que té importància per a mi. És ben previsible, tot escriptor comença per aquí, però això no li resta afecte.

Perquè se li acaba agafant afecte. Crees i veus créixer els personatges, i no pots evitar simpaties i antipaties. Després de dos anys, que probablement s’allargaran a tres, sento un profund afecte i una tímida admiració pel meu protagonista. Ell havia de ser jo, però què coi, perdria carisma. No em plantejaré si la meva psique dóna per a protagonitzar una novel·la (ni ho faré mai, Déu me’n guard), Úron va néixer de mi i, malgrat és possible que se m’assembli lleugerament, és plenament genuí. Existeix, i això dóna traquil·litat. Algun dia el mataré i no sentirà rancor per mi. Haurà d’esperar a les futures revisions, quan em pugui prendre la novel·la acabada amb prou distància. Llavors el poliré i mai el donaré per acabat. No em podrà odiar. Sempre seguirà creixent. Com a mínim, existeix. Jo em sento més calmat i el meu cervell m’ho agraiex. El pobre s’escalfava.

Aletheia

Publicado en Relatos con etiquetas el 26 Febrero 2006 por Joan

Llovía tímidamente. Desde esa puerta corredera que daba al balcón era curioso observar como las todavía escasas gotas fluían por el cielo con aparente calma. Miles de estrellas centelleantes entre la negrura; un frío reconfortante y poderoso. Esa lluvia parecía una fuerza arcana tan calmada y respetuosa como la sabiduría de un anciano. No sabía si la lluvia era vieja.

Tenía un dolor de cabeza horrible. Se había sentado en el sofá y lo único que hacía era mirar la lluvia y pensar. El sabor amargo de un analgésico aún paseaba por su boca. Le recordaba a la lengua una agradable sensación que solo de vez en cuando experimentaba. Le gustaba tomar analgésicos, aunque únicamente fuera por necesidad. Era un placer que había aprendido a moderar. La moderación era, sin lugar a dudas, la base de la excelencia.

Era curioso darse cuenta de que lo que pensaba era, cuanto menos, estrambótico. Le hacía sentirse especial. Podría mirar por encima del hombro, con cierto desdén, al resto de los humanos. Nadie se planteaba ese tipo de cosas. A lo largo de sus treinta años había intentado moldearse para llegar a ser el reflejo de sus aspiraciones. Toda una vida intelectual de aprendizaje delicioso, de lecturas exquisitas (aunque también muchas infames) y soledad reposada.

La lluvia empezó a arreciar y el honorable anciano se convirtió en violador. Furia es lo que llevaba cada proyectil lanzado con saña y malicia. Aquel era, ni más ni menos, que el poder de la naturaleza; la grandeza de un mundo superior a toda perspectiva, era uno de tantos fenómenos de energía magistral desatada. Y ese frío que no hizo más que acentuarse. Ese escalofrío diluido en sombras que viajó a través de su impotencia hasta el suelo. El frío le llevó a las profundidades y ahí lo dejó.

El piso estaba más vacío que nunca. Cada día lo estaba. Sorteó las pilas de libros, estratégicamente situados, y llegó hasta el teléfono. Recordaba que tenía un amigo. Cogió el auricular y, cuando iba a marcar, se detuvo. Se pasó horas quieto, de pie, con el auricular pegado a la oreja y la mano inmóvil. Fuera, la lluvia seguía furiosa. Deberían haber detenido ya al violador, pero ahí seguía. No era que no se atreviera a llamar, sólo esperaba que valiera la pena hacerlo. En el momento de llegar al teléfono, aún le quedaba un cierto residuo, no más valioso que un pensamiento fugaz y vulgar, de fortaleza. Empezó a marcar porque realmente necesitaba esa llamada. Realmente necesitaba sentir que alguien apreciaba su existencia. Lo hizo esperar tres interminables tonos. Decidió, en ese lapso de espera, que si nunca fuese presidente de una compañía telefónica, en lugar de tonos dejaría el silencio. Así, quien llamara tendría que enfrentarse inevitablemente al propio yo. Quizás habría conseguido que la humanidad se diese cuenta de su debilidad. Probablemente no.

- ¿Diga? – sonaba como si lo acabaran de despertar de un sueño de centenares de años -.
- Hola – dejó que lo reconociera. Había creado una cierta esperanza -.
- ¿Quién es?
- Soy yo – pues no -. Hacía tiempo que no hablábamos.
- Ya lo creo – dolorosa indiferencia -.
- Escucha – dudó -, te llamaba porque…
- Perdona, es que son las cuatro de la madrugada y yo mañana tengo que madrugar – se paro un momento, como para pronunciar la fórmula más adecuada -. ¿Te puedo llamar mañana y hablamos con más calma?
- Sí, claro. Lo siento, no tendría que haberte llamado.
- Hasta mañana pues.
- Adiós.

¿Dónde había quedado el orgullo, la amistad, el afecto? Había sido un fugaz rayo que rasgó el cielo; aquella luz había penetrado en su ser y lo había desposeído de toda satisfacción. No era feliz, eso ya lo sabía. Precisamente eso buscaba; ataraxia, un ideal heleno que se esforzaba por no olvidar.

El sabor del analgésico acabó por diluirse totalmente y entonces entendió su fracaso. No era ni más ni menos que un desgraciado. Llevaba horas acentuando su desfachatez, pensando que era mejor que otros porque se planteaba sandeces mientras chupaba con estúpido placer un gelocatil. Creía tener amigos y lo único que mantenía con ellos eran incómodos silencios y compasión hiriente. Llevaba una vida perdida, ofuscada en ideales que no había comprendido nunca.

Se levantó. El sofá había sido cómodo; la parte favorita de su triste casa. Lo hubiera quemado. Abrió la puerta corredera con desprecio pero sin violencia. Sacó la cabeza y la entregó a la naturaleza. Que se mojara, que los dardos reventaran en su cabeza. Se sintió ridículo; volvió a entrar y cerró la ventana. Jadeaba. Estúpido violador.

No quiso ni mirar ese sofá tan cómodo que no era capaz de suscitarle un recuerdo agradable. ¿Para qué era cómodo entonces? Caminó sin prisa, controlando cada paso. Eso es lo que siempre hacía y, al darse cuenta, empezó a correr de forma desordenada. Quería romper con todo lo otro porque lo odiaba. Un ruido estrepitoso, sus piernas dobladas en el suelo y montones de libros desparramados. Se había golpeado contra la pared. El color del salón, que había escogido con mucho cuidado, se le antojó ofensivo. Ese específico tono amarillo ayudaba a desarrollar la capacidad intelectual. Escupió en él y a su saliva la acompañó la dignidad. No tenía ninguna importancia ya no ser digno, ni ser infeliz ni odiar lo que era. No sabía ni por qué se odiaba. Eso lo calmó. Necesitaba saber el porqué de ese cambio tan repentino. Aquella noche era una noche cualquiera, una de tantas. No tenía porqué haber pasado nada. Intentó serenarse pero no pudo. ¿De dónde venía aquella impotencia, aquel cúmulo de vergüenza y odio y desilusión y vulgar desenfreno?

Fue al estudio y miró la estantería. Estaba repleta de libros, ordenados alfabéticamente según su situación histórica, el autor y la temática. Tras mucho esfuerzo había logrado reunir la mayor parte de los exponentes de la filosofía universal. a eso había dedicado su vida. Filosofía clásica…P…Platón…Menón, Gorgias, Parménides… abrió el volumen, arrancó una hoja y escupió dentro. Sintió como su saliva se reunía con el saber y se disolvía lentamente en él. Aquel aroma de papel de calidad, las fibras vegetales tratadas con mimo y perfumadas con el olor del conocimiento, del que tanto había disfrutado, le provocó una arcada. Sólo tuvo tiempo de agarrar el Así habló Zaratustra, abrirlo y devolver en él. Se manchó las manos pero no importó. Nietzsche no se merecía menos.

Se despertó algo desorientado. Le sobraba un trozo de corteza en la boca. El sabor ácido le hizo recordar. Suspiró profundamente. En su mirada había resignación, tristeza y resignación. Había un rescoldo de orgullo y paciente satisfacción, aunque no era más que el brillo de la mañana clara.

La espalda se quejó al levantarse. Se cambió lentamente. Una vez en el salón, se decidió a limpiar la dignidad de la pared y recoger los libros. Se había dejado la puerta corredera abierta y había una parte del suelo mojada. Olía a polvo húmedo, a vejez podrida. No lloró, ni tan siquiera mostró expresión alguna. Sólo sintió ese olor, ese ambiente que no hacía más que acentuar lo que ya había. Madera carcomida, blanda y sucia.

Cogió la chaqueta del perchero y salió. Hacía frío, pero era hiriente. Aquí y allá se sucedían los charcos de la noche anterior. Parecía que todo el mundo se hubiera abandonado a la vez a la propia condición. Que mierda de peste; suciedad mojada. Entró en una librería; compró un volumen de los Diálogos de Platón y encargó el Así habló Zaratustra. La misma edición por favor. Tardaría dos semanas en llegar. Qué remedio.