Llovía tímidamente. Desde esa puerta corredera que daba al balcón era curioso observar como las todavía escasas gotas fluían por el cielo con aparente calma. Miles de estrellas centelleantes entre la negrura; un frío reconfortante y poderoso. Esa lluvia parecía una fuerza arcana tan calmada y respetuosa como la sabiduría de un anciano. No sabía si la lluvia era vieja.
Tenía un dolor de cabeza horrible. Se había sentado en el sofá y lo único que hacía era mirar la lluvia y pensar. El sabor amargo de un analgésico aún paseaba por su boca. Le recordaba a la lengua una agradable sensación que solo de vez en cuando experimentaba. Le gustaba tomar analgésicos, aunque únicamente fuera por necesidad. Era un placer que había aprendido a moderar. La moderación era, sin lugar a dudas, la base de la excelencia.
Era curioso darse cuenta de que lo que pensaba era, cuanto menos, estrambótico. Le hacía sentirse especial. Podría mirar por encima del hombro, con cierto desdén, al resto de los humanos. Nadie se planteaba ese tipo de cosas. A lo largo de sus treinta años había intentado moldearse para llegar a ser el reflejo de sus aspiraciones. Toda una vida intelectual de aprendizaje delicioso, de lecturas exquisitas (aunque también muchas infames) y soledad reposada.
La lluvia empezó a arreciar y el honorable anciano se convirtió en violador. Furia es lo que llevaba cada proyectil lanzado con saña y malicia. Aquel era, ni más ni menos, que el poder de la naturaleza; la grandeza de un mundo superior a toda perspectiva, era uno de tantos fenómenos de energía magistral desatada. Y ese frío que no hizo más que acentuarse. Ese escalofrío diluido en sombras que viajó a través de su impotencia hasta el suelo. El frío le llevó a las profundidades y ahí lo dejó.
El piso estaba más vacío que nunca. Cada día lo estaba. Sorteó las pilas de libros, estratégicamente situados, y llegó hasta el teléfono. Recordaba que tenía un amigo. Cogió el auricular y, cuando iba a marcar, se detuvo. Se pasó horas quieto, de pie, con el auricular pegado a la oreja y la mano inmóvil. Fuera, la lluvia seguía furiosa. Deberían haber detenido ya al violador, pero ahí seguía. No era que no se atreviera a llamar, sólo esperaba que valiera la pena hacerlo. En el momento de llegar al teléfono, aún le quedaba un cierto residuo, no más valioso que un pensamiento fugaz y vulgar, de fortaleza. Empezó a marcar porque realmente necesitaba esa llamada. Realmente necesitaba sentir que alguien apreciaba su existencia. Lo hizo esperar tres interminables tonos. Decidió, en ese lapso de espera, que si nunca fuese presidente de una compañía telefónica, en lugar de tonos dejaría el silencio. Así, quien llamara tendría que enfrentarse inevitablemente al propio yo. Quizás habría conseguido que la humanidad se diese cuenta de su debilidad. Probablemente no.
- ¿Diga? – sonaba como si lo acabaran de despertar de un sueño de centenares de años -.
- Hola – dejó que lo reconociera. Había creado una cierta esperanza -.
- ¿Quién es?
- Soy yo – pues no -. Hacía tiempo que no hablábamos.
- Ya lo creo – dolorosa indiferencia -.
- Escucha – dudó -, te llamaba porque…
- Perdona, es que son las cuatro de la madrugada y yo mañana tengo que madrugar – se paro un momento, como para pronunciar la fórmula más adecuada -. ¿Te puedo llamar mañana y hablamos con más calma?
- Sí, claro. Lo siento, no tendría que haberte llamado.
- Hasta mañana pues.
- Adiós.
¿Dónde había quedado el orgullo, la amistad, el afecto? Había sido un fugaz rayo que rasgó el cielo; aquella luz había penetrado en su ser y lo había desposeído de toda satisfacción. No era feliz, eso ya lo sabía. Precisamente eso buscaba; ataraxia, un ideal heleno que se esforzaba por no olvidar.
El sabor del analgésico acabó por diluirse totalmente y entonces entendió su fracaso. No era ni más ni menos que un desgraciado. Llevaba horas acentuando su desfachatez, pensando que era mejor que otros porque se planteaba sandeces mientras chupaba con estúpido placer un gelocatil. Creía tener amigos y lo único que mantenía con ellos eran incómodos silencios y compasión hiriente. Llevaba una vida perdida, ofuscada en ideales que no había comprendido nunca.
Se levantó. El sofá había sido cómodo; la parte favorita de su triste casa. Lo hubiera quemado. Abrió la puerta corredera con desprecio pero sin violencia. Sacó la cabeza y la entregó a la naturaleza. Que se mojara, que los dardos reventaran en su cabeza. Se sintió ridículo; volvió a entrar y cerró la ventana. Jadeaba. Estúpido violador.
No quiso ni mirar ese sofá tan cómodo que no era capaz de suscitarle un recuerdo agradable. ¿Para qué era cómodo entonces? Caminó sin prisa, controlando cada paso. Eso es lo que siempre hacía y, al darse cuenta, empezó a correr de forma desordenada. Quería romper con todo lo otro porque lo odiaba. Un ruido estrepitoso, sus piernas dobladas en el suelo y montones de libros desparramados. Se había golpeado contra la pared. El color del salón, que había escogido con mucho cuidado, se le antojó ofensivo. Ese específico tono amarillo ayudaba a desarrollar la capacidad intelectual. Escupió en él y a su saliva la acompañó la dignidad. No tenía ninguna importancia ya no ser digno, ni ser infeliz ni odiar lo que era. No sabía ni por qué se odiaba. Eso lo calmó. Necesitaba saber el porqué de ese cambio tan repentino. Aquella noche era una noche cualquiera, una de tantas. No tenía porqué haber pasado nada. Intentó serenarse pero no pudo. ¿De dónde venía aquella impotencia, aquel cúmulo de vergüenza y odio y desilusión y vulgar desenfreno?
Fue al estudio y miró la estantería. Estaba repleta de libros, ordenados alfabéticamente según su situación histórica, el autor y la temática. Tras mucho esfuerzo había logrado reunir la mayor parte de los exponentes de la filosofía universal. a eso había dedicado su vida. Filosofía clásica…P…Platón…Menón, Gorgias, Parménides… abrió el volumen, arrancó una hoja y escupió dentro. Sintió como su saliva se reunía con el saber y se disolvía lentamente en él. Aquel aroma de papel de calidad, las fibras vegetales tratadas con mimo y perfumadas con el olor del conocimiento, del que tanto había disfrutado, le provocó una arcada. Sólo tuvo tiempo de agarrar el Así habló Zaratustra, abrirlo y devolver en él. Se manchó las manos pero no importó. Nietzsche no se merecía menos.
Se despertó algo desorientado. Le sobraba un trozo de corteza en la boca. El sabor ácido le hizo recordar. Suspiró profundamente. En su mirada había resignación, tristeza y resignación. Había un rescoldo de orgullo y paciente satisfacción, aunque no era más que el brillo de la mañana clara.
La espalda se quejó al levantarse. Se cambió lentamente. Una vez en el salón, se decidió a limpiar la dignidad de la pared y recoger los libros. Se había dejado la puerta corredera abierta y había una parte del suelo mojada. Olía a polvo húmedo, a vejez podrida. No lloró, ni tan siquiera mostró expresión alguna. Sólo sintió ese olor, ese ambiente que no hacía más que acentuar lo que ya había. Madera carcomida, blanda y sucia.
Cogió la chaqueta del perchero y salió. Hacía frío, pero era hiriente. Aquí y allá se sucedían los charcos de la noche anterior. Parecía que todo el mundo se hubiera abandonado a la vez a la propia condición. Que mierda de peste; suciedad mojada. Entró en una librería; compró un volumen de los Diálogos de Platón y encargó el Así habló Zaratustra. La misma edición por favor. Tardaría dos semanas en llegar. Qué remedio.