Wittgenstein: La regla y el lenguaje privado
1. INTRODUCCIÓN
De la multitud de aspectos en los que Wittgenstein varía su concepción en su llamada segunda etapa respecto a la primera, podría considerarse que el normativo es suficientemente transversal. En él es posible observar el cambio de orientación y la asunción de un particular pragmatismo por parte de nuestro autor; de la determinación del interior del lenguaje, entendido como su fundamento, se pasa a la indagación del significado de los términos lingüísticos en el desempeño real y efectivo de las acciones en las que tienen lugar.
Así pues, en este trabajo se pretende recoger la consideración de la regla en la segunda etapa de Wittgenstein, y cómo esta concepción enlaza con las dificultades por comprender la posibilidad de un lenguaje consecuentemente privado, en la medida en que las reglas se aplican a prácticas que deben ser, como tales, externas. Ello exige realizar un seguimiento lo suficientemente pormenorizado de partes muy significativas de las Investigaciones Filosóficas [1], que será, para este trabajo, el texto de referencia central. En particular, el comentario se centrará, para la primera aproximación, entre §185-242, y para la segunda, §243 y siguientes.
El nexo de unión de ambos elementos será la asunción y el seguimiento por parte de un sujeto de una regla; en la medida que éste actúa conforme a esta regla, es pertinente discutir de qué modo la asume y puede determinar modo de aplicación y por tanto su corrección. Para ello, el hilo conductor será la discusión que hay acerca del argumento del lenguaje privado; su comprensión tiene consecuencias para ambos aspectos tratados, y será un buen punto de enlace. En primer lugar, es pertinente en la medida que aborda la cuestión de cómo un sujeto está capacitado para interpretar sus propias prácticas, que realiza conforme a una regulación. Se trata de ver qué papel juega el hecho de descubrir exactamente qué regla se ha seguido en función de la reconstrucción de las prácticas que se haga. En segundo lugar, la tarea que desempeña un contexto público será muy significativa en la medida en que se presenta como el único ámbito en el que se manifiesta tanto la aplicación de la regla como su seguimiento por medio de estados mentales.
Lo que se pretende con este trabajo es, al fin, recoger detalladamente el carácter pragmatista del análisis de la regla en Wittgenstein, y ver de qué modo esta concepción da cuenta de los contextos reales de práctica, en la medida que se trata de una propuesta orientada no a fundamentar o a elaborar una teoría, sino a describir fenómenos lingüísticos que se dan en el uso. Por otro lado, será significativo también reflejar en qué sentido Wittgenstein trata de mostrar la necesidad de reflexión acerca del lenguaje privado, por su relación con el seguimiento de reglas y por su papel en un contexto de formas de vida públicas; se trata de una cuestión muy enraizada en las intuiciones más inmediatas de todo hablante que, sin embargo, merece ser objeto de una reflexión profunda. Tratamos pues de recoger dicho ejercicio de investigación.
2. LA REGLA – CONSIDERACIONES GENERALES
El lenguaje no es, en primer lugar, ningún tipo de simbolismo con reglas de representación fijas; es, ante todo (pero no necesariamente todo él, pues se ha renunciado a una teoría universal), juego [2]. Es significativa la relación entre lenguaje y actividad, formas de vida. A partir de este momento, la indagación filosófica pasa a ser de una resolución final y definitiva de los problemas de la adquisición progresiva de una perspectiva más afinada, lo cual permite una percepción atenta de las particularidades. Es básico adquirir la capacidad de diferenciar ahí donde antes se ha observado la unidad; la particularidad es valiosa y debe recuperarse, y ello se da en la clave del rechazo a la llamada ansia de generalidad.
Respecto al primer Wittgentsein, el lenguaje ya no aparece como un cálculo que pueda analizarse si se conocen sus reglas y elementos. Ahora la adecuación entre lenguaje y mundo es imposible de determinar a priori. Sólo en el contacto fáctico puede entenderse como ambas instancias se relacionan. Por tanto, no hay un plan previo, sino una construcción histórica, una amalgama de piezas solapadas, de modo que el lenguaje es el que los individuos hablan, esto es, lo que tiene uso. La pretensión de reducción lingüística para explicarlo va, pues, en dirección contraria. Así, no hay unidad subyacente, es decir, un modelo primigenio. Y la creencia en la posibilidad de este modelo no sólo es desacertada, sino que dificulta la comprensión del lenguaje. De este modo, la concepción de que la tarea filosófica consiste en la búsqueda del fundamento, del principio explicativo, es errónea. La pretensión de hallar un cálculo lleva a una visión anticipatoria que maquilla la realidad; lo que se debe buscar no es una regla constituyente sino una buena explicación.
Wittgenstein insiste en que el uso de las palabras no puede ser aprehendido conforme a reglas. No hay opción a la definición, a la explicación plena; en Filosofía no cabe más que la descripción. El empleo de una palabra se ve como algo fluctuante, cambiante, y a ello se opone algo fijo. Lo cambiante sólo es operativo en la medida que se proyecta sobre lo fijo, y ésta es la metodología. El juego de lenguaje es una cierta construcción teórica (pretendidamente lo menos teórica posible) que sirve como elemento fijo.
El problema del concepto de regla es que bajo él aparecen multitud de aproximaciones. Pero es una cuestión que no puede obviarse. En cualquier caso, el concepto de regla no implica de entrada algo rígido y definitivo. Lo que Wittgenstein está haciendo no es una elaboración de la reglamentación del lenguaje (lo cual sería una hipóstasis); los juegos del lenguaje están como elementos de comparación, con los cuales puede afirmarse la relación de semejanza o desemejanza.
El regulismo tiene que ver con la idea de que los modos concretos de hacer las prácticas están vinculados con una regla subyacente. Se da un peso muy fuerte a la regla para distinguir claramente el buen comportamiento del práctico. La cuestión es, conociendo la regla, saber que se aplica correctamente. Las reglas sólo plantean formas correctas de aplicación, no prácticas concretas (lo cual determinaría su uso particular). Hay que reconocer la existencia de ciertas distinciones prácticas en esta cuestión; la respuesta es la constatación wittgensteiniana del propio comportamiento. El pragmatismo es aquí, por tanto, un punto de choque.
La alternativa es considerar que no hay normas explícitas. Lo único que puede distinguirse externamente es cierta regularidad en los comportamientos; es la postura del regularismo. La dificultad es que no hay espacio para distinguir entre lo correcto y lo que no lo es, y la clave de ello es que la regularidad tiene múltiples interpretaciones. Pero es que cualquier conjunto de prácticas humanas presenta múltiples regularidades dado que son interpretables de modo diverso. Será importante la respuesta pragmática en este caso..
Wittgenstein afirma que una regla es como un indicador de caminos; determina lo que hay que hacer, pero no unívocamente. Es importante pues su aspecto de ser subyacente a la práctica, de modo implícito, y el hecho de permitir cierto margen de variación en su aplicación. No hay razón de tipo conceptual que dé cuenta de un seguimiento explícito y específico de la regla; su aplicación siempre depende del uso, y pasa por un adiestramiento determinado (que sitúa la interpretación). De este modo, lo importante es la relación que guarda con el adiestramiento.
Lo característico de un comportamiento que sigue reglas es el adiestramiento, de modo que se puede aprender, y cuando se ha aprendido, no hay lugar para la duda. No se elige entre alternativas, sino que se actúa sin prestar atención a fundamentaciones. Lo interesante es que no se cree que se pueda actuar de modo diferente porque, de ser así, se daría otro juego distinto. Este aprendizaje determina completamente un modo de comportamiento respecto a una práctica, y ello se define como el seguimiento de una regla. No hay elección, porque la práctica concreta ha sido determinada previamente y por ello se trata, simplemente, de seguirla tal y como se ha aprendido a hacerlo.
El adiestramiento es el punto de enlace entre la expresión de la regla, aquello en que consiste (representado por el indicador de caminos) y la práctica concreta. Y es que sólo pueden seguirse las posibilidades que plantea este indicador de caminos si se comprende que éste se está usando, esto es, que se está concretando en prácticas reales; en definitiva, que su uso se ha tornado costumbre.
Seguir una regla no es algo que pueda lograrse fácilmente mediante la interpretación del significado. Por otra parte, comprender una acción es descubrir la regla que sigue. A lo que hay que atender, en cualquier caso, es al comportamiento. Pero éste tiene diversas formas de reconstrucción interpretativa; ante lo que se observa hay distintas modalidades de establecimiento de reglas sin que haya contradicciones entre ellas. Lo que hay, antes de la interpretación, son prácticas, que particularmente se repiten (y por ello es pertinente, en el descubrimiento de la regularidad, plantear la regla). La constante, esta regularidad, que consiste en que algo se reproduzca con un cierto parecido (como los juegos de lenguaje normales), y que es lo anterior entendido como costumbre, es lo que está relacionado con la regla. Así pues, debe insistirse en que la regla se da en la aplicación de prácticas concretas.
Por la mera interpretación, la regla podría hacerse concordar con cursos de acción dispares. Lo significativo es que el proceso interpretativo es posterior o, en cualquier caso, se da en un momento distinto al propio seguimiento de la regla; por ello, Wittgenstein puede afirmar que la interpretación no es la actuación conforme a la regla, sino la substitución de la expresión de esta práctica concreta por otra.
Habida cuenta de que la aplicación de una regla consiste en el acatamiento de una orden que ha sido asumida mediante un aprendizaje, el espacio para la duda debe verse consecuentemente reducido. Lo significativo es que no hay lugar para un proceso racional, en la práctica conforme a una regulación, que abra la posibilidad de dudar de ella. Precisamente porque la duda cancela la práctica; el descubrimiento, y Wittgenstein insiste en ello, de que en el uso no hay espacio para atender a razones, sino que simplemente se actúa, atenúa esta posibilidad. El seguimiento de una regla no admite elección, y ello elimina la duda motivada por el razonamiento respecto a sus posibilidades de cumplimiento.
Por otro lado, la duda viene motivada por la concepción de que se actúa esperando instrucciones, como motivado por una cierta intuición que indica cuál debe ser la práctica en cada momento concreto. Pero ello contraviene el aprendizaje necesario que conlleva la aplicación de una regla; si ésta se siguiese conforme a una intuición, no podría transmitirse y, en el caso que se consiguiera tal cosa, no podría exigirse una regularidad en la práctica, un uso uniforme. Se trataría pues de enseñar de algún modo un reflejo del proceso psicológico que llevaría al cumplimiento de la regla en todos las prácticas en que deba darse, lo cual resulta muy problemático, como veremos. Tratar de apelar al proceso interior según el cual puede actuarse conforme a una regla no hace más que dificultar la comprensión de su aplicación uniforme; la regla se da en el uso, y en éste no hay intuiciones de seguimiento; sólo hay, simplemente, seguimiento. En este sentido, la regla siempre proporciona la misma pauta de actuación, y ésta se conoce mediante el adiestramiento previo, para que se aplique en su concreción inmediata, y no posterior.
Ello no implica que la no presencia de dudas en el seguimiento de reglas venga motivado porque todas sus posibilidades de aplicación hayan sido asumidas en un proceso de aprendizaje. Es perfectamente claro en la aplicación de un proceso matemático; seguir una regla representada por una función numérica no implica que se sepan de antemano todos los resultados que ésta puede dar, sino poder, en cada caso particular, dar una respuesta adecuada en función de esta regla [3]. En eso consiste precisamente el hecho de determinar en cada caso la práctica a seguir, y ello se da en el uso de la regla; el criterio de uso es el modo como la regla ha sido usada y se ha enseñado que debe usarse.
Por otro lado, el aspecto normativo de la regla, referente a su corrección o incorrección, no es claro ni está determinado más allá de la práctica. Ahí está la clave; en cada punto de aplicación de una regla, dado que ésta viene determinada por un modo concreto de uso aprendido mediante el adiestramiento, hay una decisión guiada por las órdenes recibidas de antemano. Se aplica en cada caso, sin que ello haya sido determinado anteriormente (como caso concreto, pues no es necesario).
Sin embargo, se presentan problemas en contextos de casuística; en la mayoría de comportamientos humanos se da la confrontación entre la regla y su aplicación particular. Ésta es la cuestión del juicio, que bascula entre los dos elementos. Este aspecto hace referencia al desarrollo kantiano; en efecto, para Kant, la idea del juicio es subsumir un contenido a una regla. Pero no hay reglas concretas; la regla se encuentra en una dimensión general y la dificultad es superar la radical separación entre esa generalidad y su aplicación concreta. Para Wittgenstein, la situación es en el nivel de los juicios; no se siguen reglas específicas por mucho que convenga hablar de ellas. La naturaleza de la regla es tanto gramatical como fáctica, de modo que no puede separarse de la praxis, por mucho que posea también un elemento de generalidad. Así, no es nada si se separa de un espacio de juego. Y precisamente por ello surgen los problemas de determinación de su corrección.
Lo que Wittgenstein destaca es que hay cierta precomprensión de la regla que orienta a su uso, como hemos visto. Pero, además, las reglas sólo cobran sentido en el juego; de este modo, no lo son todo en cuanto a la determinación de las prácticas humanas. El individuo no puede explicarse simplemente por su funcionalidad; en él hay la aceptación del sujeto de la regla respecto a la misma regla. En la mayoría de los comportamientos el individuo no se rebela contra la regla; el hecho es que el sujeto, queriendo aplicarla bien, consiga que ésta vaya derivando y modificándose (como el mismo lenguaje). La regla debe desempeñarse y para ello debe hacerse individualmente. En toda aplicación hay un índice de variabilidad, de desplazamiento e incomprensión. En algún momento se efectúa la regla para ver el mundo de otra manera. En resumen, la regla está abierta; la conexión entre ella y su uso no está totalmente determinada. El descubrimiento de la praxis no la hace un absoluto.
Esta individualidad no puede ni debe ser la mera remisión a la interioridad del individuo. Los significados están fuera, en el uso. Eso no quiere decir que Wittgenstein niegue el interior; sólo que tiene mala aprehensión, y cuando se comprende, el interior se hace siempre público. Seguir la regla, pues, radica en cierta libertad; el empleo de una regla no es del todo cerrado, y esta cierta holgura es fundamental. Además, el individuo no puede deducirse de la regla; ésta no puede reconstruirse a partir de todos los casos de su aplicación.
En resumen, los conceptos no deben estar plenamente establecidos cuando se aplican en casos prácticos; lo que hay propiamente son prácticas que, por pertenecer a la experiencia, son anteriores al espacio de razones.
De este modo, lo que Wittgenstein quiere alcanzar no es una ciencia de la regla; solamente cuando se plantea el problema de lo plenamente determinado se cae en el regulismo. Esto no sería ni tan siquiera un juego. Si hay juego es porque hay variedad de comportamiento y, además, posibilidad de variación de la regla. Se trata de definir el juego sin constreñirlo a algo que deje de ser juego. Esta disfunción es la clave de la regla; saberse mover entre el elemento determinante y el laxo implica conocer el juego. El paradigma de la regla, el indicador de caminos, no evita dudas. Lo interesante es la variación en términos de vacilación (especificación de la duda). Precisamente, las situaciones anormales se estudian en Sobre la certeza [4].
Por otro lado, el hecho es que se establecen reglas y el juego no funciona, aunque el individuo sigue fijado en las reglas. No se trata de que la lógica acabe implantando el juego.
Además, toda regla tiene excepción. Ésta significa al menos una cosa; que la regla no cubre plenamente su campo de aplicación. Hay cierta regularidad, pero la regla es reconstruida, no impuesta anteriormente. Las excepciones muestran el juego entre situaciones normales y anormales, esto es, que la realidad aparece más amplia. Ello no quiere decir que la regla no consiste en la repetición de lo mismo.
3. EL ESCEPTICISMO EN WITTGENSTEIN – DISCUSIÓN CON KRIPKE
Kripke [5] proporciona un modo de interpretación alternativa de los aspectos que venimos tratando con el fin de fundamentar su valoración de la paradoja acerca de la interpretación de la regla de las Investigaciones Filosóficas [6] como desarrollo escéptico, lo cual tiene consecuencias en la consideración del argumento lenguaje privado (precede su consideración en ese texto y, para Kripke, se trata de una cuestión fundamental para ello [7]) y, en lo que estamos considerando, el modo como puede considerarse la corrección de las prácticas conforme a reglas.
La clave de su lectura es el planteamiento de una pregunta aparentemente escéptica. Ésta lleva a admitir la ausencia de un hecho comprobable en el seguimiento de una regla en particular, lo cual impide proporcionar garantías de que en prácticas anteriores o posteriores la regla que se sigue es la misma y no otra alternativa (que respete, sin embargo, los casos de aplicación que ya se han dado). No se trata de una cuestión de escepticismo epistemológico, porque no están en juego las capacidades humanas para conocer las reglas que ellos mismos siguen; el hecho es que no hay posibilidad, ni para un ser omnisciente, de distinguir con hechos comprobables si se ha seguido una regla u otra que respete los casos de aplicación de la anterior. El contexto es, pues, de interpretación de reglas y, por tanto, no se sitúa en el punto de la práctica concreta, sino de su reflexión ulterior.
En último término, Kripke detecta la dificultad en el hecho de que todo intento de investigación del seguimiento de una regla debe pasar por la introspección y ello es, como poco, problemático. De ahí surge, pues, el argumento del lenguaje privado, y puede verse la conexión que esta cuestión guarda con él. De este modo, y según la lectura de Kripke, Wittgenstein proporcionaría una respuesta escéptica a una pregunta igualmente escéptica.
Así pues, ante la dificultad por identificar las propias sensaciones, que aparece por la incapacidad de proporcionar un criterio de verificación, se apela a la remisión externa. Para Kripke, no se trata de una duda completa o general acerca de la identificación de los propios estados mentales, porque ello llevaría a un escepticismo sin solución. La respuesta, que pasa pues por el reconocimiento al menos de la identificación de impresiones sensoriales (lo cual parece necesario par el reconocimiento de ciertos fenómenos por parte del sujeto), debe apelar a una instancia exterior. Se trata de escapar del intento de comprobar privadamente los propios estados mentales y apelar a su manifestación externa (y Kripke insiste en que si la duda sobre los estados mentales fuera plena, ni tan siquiera la alternativa de la comprobación externa sería satisfactoria).
Así pues, el modo de saber si un individuo en particular sigue o no una determinada regla (cosa que él mismo, al parecer, no podría distinguir en ningún caso) es apelar al juicio de la comunidad donde éste se encuentra, y observar si la actuación del individuo concuerda con las prácticas que la comunidad asume como correctas.
Sin embargo, y en la línea de Backer y Hacker [8], puede verse como la valoración de Kripke se distancia sensiblemente del texto wittgensteiniano. Así pues, Kripke parte de una perspectiva de consideración de la regla a partir de la interpretación del seguimiento de ésta; en tal caso, es comprensible que aparezcan las dificultades que manifiesta, pero ésa no es la perspectiva que describe nuestro autor. Evidentemente, no hay un hecho en la mente del sujeto que muestre que ha seguido una regla en concreto, pero negar ello no es caer en un escepticismo; la regla se sigue por medio del adiestramiento en un uso concreto, sin que ello exija su cuestionamiento. La cuestión de la interpretación aparece en el caso del uso de la regla, en su aplicación, y no en el ámbito de una reconstrucción posterior. Ello no implica que no sea posible el seguimiento de una regla, como se ha visto en la sección anterior.
Lo que está claro es que la valoración acerca del seguimiento de una regla debe apelar al exterior. Dado que su aplicación depende de un adiestramiento, y que no pueden darse razones en su seguimiento (porque estas son, a parte de innecesarias, inútiles), seguir una regla implica una práctica determinada, y por tanto su comprensión se da sólo en su seguimiento.
Puesto que este uso es siempre público, y no privado, la valoración acerca de la corrección o incorrección de la práctica deberá ser externa. Pero ello no quiere decir más que la comparación con lo establecido por costumbre. La apelación a la comunidad, si es que ésta tiene lugar en el texto de Wittgenstein, tiene el sentido de poder identificar aquello que se toma como costumbre en el uso práctico de una actividad regida por reglas. No hay un acuerdo, o una reflexión concreta, entre los integrantes de una comunidad que determine la buena práctica de la mala. Lo que es significativo en la comunidad son las formas de vida que ésta comparte, lo cual determina de qué modo sigue las reglas. Así, puede observarse sin dificultad que la aplicación de una regla sea errónea, si ésta contraviene el uso que se le da en la comunidad. Lo interesante es que la corrección de la práctica no se establezca más que en su uso; así se determina una regla.
Así pues, puede observarse como las cuestiones escépticas acerca del argumento del lenguaje privado o del seguimiento de la regla son, simplemente, ajenas al planteamiento wittgensteiniano.
4. SEGUIR LA REGLA – EL LENGUAJE PRIVADO
En Wittgenstein ni solo hay identidad ni solo hay alteridad; lo que hay es praxis común. Y ésta no es entendida como algo compacto; es un regulador entre el índice de alteridad y el de identidad, se mueve entre ambos. El intento de huir de las interpretaciones pueden concluir en la hipóstasis normativa, y es algo que evita Wittgenstein.
La comprensión en Wittgenstein, el línea con la tendencia iniciada por Husserl y Frege, rechaza el psicologismo. Se pretenden evitar las dos reducciones posibles, el conductismo (reducción de los estados mentales a formas de conducta) y el mentalismo (reducción de todo estado mental al acceso exclusivo del sujeto). Y la estrategia pragmatista será cambiar el lenguaje para evitar este peligro. Wittgenstein analiza los juegos de lenguaje en los que aparecen términos psicológicos; lo que sale a la luz es que si bien éstos no expresan fenómenos externos, la psicología los estudia como fenómenos internos. Se cuestiona que se pueda dar expresión a una sensación interna; los términos psicológicos no señalan a nada que nombren, el hablante no sabe de sus estados mentales; los tiene. De lo que puede tener evidencia es del estado mental ajeno, dado que puede dudarse que éste efectivamente lo posea. Y ello es contrario a una psicología popular corriente. Pero no se puede usar con sentido el verbo ‘saber’ sobre los propios estados mentales; éstos se tienen, simplemente. El hecho es que los estados mentales no son manejables más que en el ámbito público.
Lo interesante es que un lenguaje que sea consecuentemente privado es imposible. Es obvio que un hablante puede expresar de algún modo aquellos estados mentales que posee. Pero esa expresión para por el uso de un lenguaje que es común y que todo interlocutor puede comprender. La cuestión es que si el hablante formara un lenguaje cuyas palabras refirieran exclusivamente a aquello que sólo el ‘conoce’ (en el sentido que refiere sólo a sus estados mentales, a sus sensaciones privadas), tal lenguaje no podría ser comprendido por nadie.
Insistiendo sobre ello, si se pretendiera privadamente identificar una sensación con su expresión, no se podría dar ningún criterio de corrección para esta identificación, porque no hay saber acerca de si se posee o no una sensación, y tampoco acerca de si se ha identificado el signo asignado a su posesión. Proporcionar un signo inteligible, en un contexto privado, a una sensación es darle un nombre público, y ello contraviene la intención inicial. De nuevo, pues, observamos como, más allá de la simple posesión de estados mentales, cualquier intento de considerarlos debe ser público.
Así pues, se entiende de qué modo tiene sentido que la interpretación sobre el seguimiento privado de reglas deba realizarse desde una perspectiva externa. En sintonía con la discusión con Kripke, no es necesaria la constatación de que no hay modo de observar y comprobar en el sujeto cuál es la especificación de la regla que usa en su práctica; de sus estados mentales no hay saber propio, sino posesión, que no admite la duda. El sujeto aplica reglas, el sentido de las cuales se da en su uso, y su valoración debe tener lugar en un ámbito público, como con el resto de sus estados mentales.
Por otro lado, el externalismo wittgensteiniano difiere del conductismo. Afirma que los procesos internos solo pueden formularse en procesos externos, pero ello no quiere decir que lo que se observe de ellos sean simplemente rasgos de conducta. Los conceptos carecen de entidad mental porque remiten a contextos de comprensión. El comportamiento humano es simbólico; para él es pertinente hacerse con significados.
Puede pensarse que otras personas no tienen estados mentales; no hay ningún condicionante ni ninguna razón que lo impida. Pero lo que ocurre es lo contrario; ésta es una pregunta filosófica, no corriente. El sujeto trata con sus interlocutores sin que se plantee ninguna sospecha acerca de ellos. El sujeto comprende directamente los comportamientos que no le son propios. Otra actitud conllevaría no entender la vida como humana. Así, atribuir vida interior es condición para comprender a los demás interlocutores, y ello se da en la práctica. La pregunta filosófica, simplemente, suspende esta práctica, y por ello no tiene lugar en el uso corriente.
Aunque pudiera hacerse esta pregunta metafísica (que tiene más que ver con una actitud que con una opinión, ya que no es un juicio sobre algo sometido a comprobación), en realidad no se plantea como algo hipotético su respuesta. Que las personan tengan vida interior refiere a una pregunta que en su juego remite a las actitudes del sujeto frente a los demás; esta actitud no concibe el cuestionamiento, ello está inscrito en su gramática. Así, se trata de una certeza gracias a la cual el juego de lenguaje puede funcionar. Éstos son el comportamiento y la actitud inmediatos; la pregunta es posterior. La actitud intencional es condición sin la cual no podría haber juego o acción; da lugar a toda una gramática que cobra su sentido en la acción. Así, los estados mentales no son un tema o un estado de cosas, no son algo que pueda ser descubierto; están, por decirlo de algún modo, “en el fondo”. Se comprende el significado de términos como ‘pensar’ o ‘entender’ porque ya están el juego de lenguaje, en la vida y la convivencia con individuos. El pensar forma parte de un patrón de comportamiento específicamente humano (éste es su contexto normal, lo cual permite su uso).
De este modo, Wittgenstein saca esta cuestión del plano epistemológico, que es al que la ha reducido la perspectiva moderna. Pero, por lo que respecta al significado, se trata de una cuestión lingüística, dependiente del uso. Y es que la pregunta por el significado de los estados mentales más allá del contexto en el que se da el significado no tiene sentido. Así, el juego de la introspección no es necesario, ya que lo interno se muestra externamente (todo aquello que confiere significado a los términos que se manejan está en el ámbito público).
Tener alma en este sentido no remite a algo que juega un papel en un juego lingüístico (hablar de la diferencia entre hombre y máquina, por ejemplo), aunque no puedan darse sus notas características. Y, efectivamente, aunque no se le de ningún crédito, el hablante puede hablar y comprender perfectamente del alma y entender la diferencia entre un hombre y una máquina.
Los conceptos filosóficos, por otro lado, deberán ser vagos e imprecisos; deben adaptarse a la posibilidad de juego y al margen de variación de las prácticas, por mucho que éstas se apliquen en el contexto del seguimiento de reglas. Una metafísica cientificista acerca de estos términos no es pertinente. Ello conlleva un mal manejo de los conceptos psicológicos. Se tiene certeza de la vida interior de las personas, aunque ello no se sepa, puesto que no es el resultado de un proceso científico de indagación.
Así, el comprender no se deja reducir temporalmente; es más una actitud o disposición (capacidad que implica el dominio de una técnica) que un acto mental. Otra cuestión es que la conexión entre palabra y significado no tiene que ver con una ostensión, sino con un juego lingüístico. La comprensión se manifiesta en la acción, en el uso del lenguaje, que por supuesto es público.
5. NOTA BIBLIOGRÁFICA
• BACKER, G. P., HACKER, P. M. S., Scepticism, rules & language; Oxford, Basil Blackwell, 1984.
• KRIPKE, S., Wittgenstein: A propóstico de Reglas y Lenguaje privado; trad. J. Rodríguez, Madrid, Tecnos, 2006.
• HALLET, G., A companion to Wittgenstein’s “Philosophical Investigations”; Londres – Nueva York, Cornell University Press, 1977.
• HACKER, P. M. S., Insight and illusion; Oxford, Clarendon Press, 19862.
• WITTGENSTEIN, L. Investigaciones Filosóficas; trad, A. García, U. Moulines, Barcelona, Crítica, 1988.
• WITTGENSTEIN, L., Remarks on the Foundation of Mathematics; ed. H. Von Wright, R. Rhees, G. E. M. Anscombe, London – Cambridge, MIT Press, 1967.
• WITTGENSTEIN, L., Sobre la certeza; trad. J. Ll. Prades, V. Raga, Barcelona, Gedisa, 19953.
6. NOTAS
[1] WITTGENSTEIN, L. Investigaciones Filosóficas; trad, A. García, U. Moulines, Barcelona, Crítica, 1988.
[2] El lenguaje siempre se compara con un proceso de juego que funciona según reglas. Wittgenstein asume que éste es un punto de vista unilateral; se trata de una idea que va a resultar útil, pero, desde luego, no es única. Su propuesta no es una teoría, no es una afirmación de lo que es el fenómeno estudiado, sino una reelaboración de lo estudiado en términos de realidad profunda. No hay definición; se trata de encontrar una respuesta pragmática a una pregunta ontológica.
[3] WITTGENSTEIN, L., Remarks on the Foundation of Mathematics; ed. H. Von Wright, R. Rhees, G. E. M. Anscombe, London – Cambridge, MIT Press, 1967, pág. 3e.
[4] WITTGENSTEIN, L., Sobre la certeza; trad. J. Ll. Prades, V. Raga, Barcelona, Gedisa, 1953.
[5] KRIPKE, S., Wittgenstein: A propóstico de Reglas y Lenguaje privado; trad. J. Rodríguez, Madrid, Tecnos, 2006.
[6] Esta célebre paradoja es explícitamente formulada en §201-202.
[7] “En mi opinión, el «argumento del lenguaje privado» real ha de encontrarse en las secciones que preceden a §243. En efecto, en §202 se enuncia ya la conclusión explícitamente (…)” (vid. KRIPKE, S., Op. cit, pág. 17).
[8] BACKER, G. P., HACKER, P. M. S., Scepticism, rules & language; Oxford, Basil Blackwell, 1984, págs. 1-55.