Crítica cinematográfica: ‘Alexander’, de Oliver Stone
Hace tiempo que quería escribir una crítica sobre la película ‘Alexander‘, que se estrenó, sin pena ni gloria, en 2004. Recientemente he podido adquirir la versión extendida, ‘Alexander revisited: The Final Cut‘, que me parece que responde a su montaje definitivo y es, por tanto, la versión de referencia. Me da la impresión que mi visión es bastante distinta de la opinión general y, a pesar de que eso no tiene la más mínima importancia, he intentado expresarla con claridad y argumentos que le den cierto sustento.
‘Alexander‘ no es una película épica al uso. En vez de recurrir a las grandes batallas como escenario donde contar una historia, se sirve de ellas para contar lo que significó un personaje, tanto por sí mismo como por lo que le rodeó.
Y es que Oliver Stone, a mi entender, se propuso explicar no estrictamente la historia de Alejandro Magno (lo cual tampoco habría aportado ninguna novedad), sino quien fue. Aborda esta película con el objetivo de exponer su visión del que fue uno de los mayores personajes históricos de la antigüedad. Por ello, me parece criticable la forma como ha interpretado las fuentes clásicas de donde se ha extraído la Historia (aunque en eso, obviamente Robin Lane Fox, el asesor histórico de la película, tenga muchos más conocimientos que yo), pero no me atreveré a criticar el formato y las intenciones de la película porque me parecen, cuanto menos, novedosos. Lo destacable, pues, no es lo ambicioso de un proyecto así (probablemente se habría podido rodar con mucho mayor fasto, mayores presupuestos y mayores batallas y matanzas), sino su intención de dibujar y descubrir a un hombre extraordinario.
No voy a hacer referencia a las criticas a las que se ha sometido la película, sobretodo por parte del público estadounidense, respecto al carácter homoerótico de las relaciones entre Alejandro, Hefestión y Bagoas. Diré simplemente que me parecen estúpidas e inútiles. No creo que sea suficiente para descalificar a una película que ésta más o menos explicite una visión particular (que no tiene porqué ser estrictamente la histórica) del trato del protagonista con sus amigos o amantes.
Evidentemente, la película cae en los típicos errores históricos que pueden achacarse al género cinematográfico. Los hay que tienen su explicación en las exigencias del guión, y es que lo que se busca es hacer una buena película, pero hay otros que no tienen, creo, explicación alguna. Me parece absurdo, por ejemplo, que las cartas y documentos que aparecen en pantalla estén escritos en inglés, o con caracteres griegos pero en lengua inglesa. No hay tampoco motivo para ignorar a oficiales significativos tanto en el ejército macedonio como en el persa, y substituirlos por otros de menor trascendencia. Son cuestiones que no afectan al desarrollo de la trama, pero que tienen muy difícil explicación y que me producen, para qué negarlo, sensación de dejadez en el filme. El otro tipo de incoherencias históricas me parece asumible, dado que el director pretende elaborar un hilo narrativo que no tiene porqué corresponderse con el devenir de los hechos de la vida de Alejandro. El asesinato de Clito ocurre en la India, se confunden las conjuras contra la vida del protagonista, se sitúa el motín en el Hífasis antes de la batalla contra Poro en el Hidaspes… El resultado, quien es Alejandro, sufre cambios que no son transcendentes y el director consigue un ritmo y un orden narrativo mucho más adecuado para una película.
Respecto a la película en sí, debo manifestar desde un principio que tomo como referencia para esta crítica su edición más reciente, es decir, ‘Alexander Revisited: The Final Cut‘, que salió en febrero de 2007 para la zona 2 (es decir, nuestro formato de reproducción). Dispone de 30 minutos de metraje extra y ha sido bastante modificada en cuanto a edición se refiere. Lamentablemente no ha sido aun distribuida en España, por lo que sólo puede encontrarse en versión original y subtitulada en inglés. No hay extras, y ha sido dividida (deliberadamente) en dos partes para su visionado.
El nuevo montaje acentúa la esencial relación que se establece entre las constantes en la vida de Alejandro y sus actos. Esta visión del director convierte en espina dorsal de la vida de nuestro personaje la tumultuosa relación de sus padres, lo cual lleva irresolublemente a la continua referencia a los mitos. Oliver Stone muestra con delicadeza como estos traumas, ya no de juventud, sino vitales, determinan el mundo de Alejandro; los cortes narrativos, donde se retrocede para vincular una escena de capital importancia, tanto narrativa como histórica, con su paralelo en el juego Alejandro – Filipo – Olimpia (y, por ende, entre Alejandro – águila – serpiente) son el recurso usado por el director para representarlo. Y suponen, al menos para mi, una novedad, y una excepcional forma de organizar un relato de gran complejidad. Lo bueno de esta edición es que las escenas de un Alejandro ya adulto, rey y conquistador en Asia avanzan paralelamente con las del Alejandro joven en convivencia con sus padres. El montaje inicial dividido en tres actos pasa a un plano secundario; el inicio es la batalla de Gaugamela y los primeros pasos en la educación del príncipe y así prosigue en cada uno de los episodios significativos de su vida.
Hay, en este juego, muchas escenas especialmente destacables. Angelina Jolie desmerece, pese a sus esfuerzos, las que corresponen a reflejar la relación entre madre e hijo, ya que poseen, sobre el papel, una gran delicadeza y belleza, pero no resultan del todo convincentes en la pantalla. En cambio, Val Kilmer es un rey Filipo bien capaz; duro y áspero pero extremadamente inteligente. La lección que da a su hijo sobre mitología (que acaba extendiéndose al poder y a la vida humana – de los grandes hombres, en todo caso -) acaba convirtiéndose en un leitmotiv a lo largo del metraje. También me gustaría destacar la escena, muy ampliada, que protagoniza Aristóteles con todos sus jóvenes discípulos. En el montaje inicial se veía incómodamente cortada y sin una cohesión clara; era floja y desdibujada. Ahora, en cambio, aparece en todo su esplendor, con la importancia que se merece. Y es que Christopher Plummer es un soberbio Aristóteles, y marca con letras de fuego en las mentes de todos esos chicos palabras que regresarán continuamente en el devenir de sus días. El gran filósofo es plenamente consciente de quienes van a ser esos muchachos, y se encarga de concienciarlos de cuál va a ser su cometido y cómo deben conducir sus vidas. Es muy posible que el Aristóteles real tuviera muchas cosas que decir sobre lo que ponen en su boca, pero la sensatez y la realista lucidez que se destilan de ellas me parecen suficientemente significativas como para considerarlas, al menos, consecuentes con lo que deben expresar.
Además, la visión de un Ptolomeo anciano, pero igualmente agudo y cínico, que, de hecho, es el narrador de la historia, ofrece otra dimensión, otra capa más, en el relato personal del héroe macedonio. Oliver Stone acaba por exponernos a Alejandro desde la perspectiva lúcida de uno de sus más íntimos amigos; no hay un narrador absoluto y deliberadamente objetivo, sino un anciano faraón, y un joven oficial también, que pudo conocerle con profundidad y que, al fin y al cabo, está preparando su propia historia. Esa visión, sesgada por sus propias vivencias y su ángulo personal, ofrecen, a mi entender, una de las mejores alternativas para mostrarnos la complejidad de esta personalidad que venimos tratando. No se trata de reflejar tal cual los miedos de un personaje; de ver qué supuso, fríamente, en la mentalidad de los hombres de su época. Se trata de escuchar una visión sincera, consecuente y subjetiva, y que por ello va más allá de los hechos, las metas y las batallas para desnudarnos a un ser humano, a un titán.
Me parece muy significativo destacar en éste punto como termina la narración de Ptolomeo: ese pesimismo agotado, la imposibilidad de los hombres de seguir a alguien desencajado de su tiempo (del suyo y de cualquier otro), una fuerza demasiado poderosa como para permitirle llegar a anciano, que le llevan a admitir con tristeza su final, tan deseado por todos. Declara con plena franqueza su imposibilidad por comprenderle (lo cual me parece de un precioso patetismo), de modo que su hercúleo proyecto, para el que todos sus compañeros murieron y se entregaron con cuerpo y alma (sin entenderlo ni compartirlo, ojo, sólo siguiendo aquella potencia de la naturaleza), fracasó estrepitosamente. Esa distancia entre Alejandro y sus amigos, que me parece cuanto menos trágica, es un final excelente para más de tres horas de incesante conflicto violento. Y es que todos le han seguido, a pesar de todo, entregando completamente sus vidas para ello.
El director aparece titubeante con ello, y a pesar de que ha mostrado (y se ha encargado de remarcar) los conflictos que ponen en peligro la extraordinaria relación entre Alejandro y su ejército (y, específicamente, con el estado mayor), se olvida de sugerir que, pese a todo, había entre todos ellos un afecto incondicional. Cuando Alejandro ‘resucita’ tras la horrenda batalla del Hidaspes y proclama la vuelta a casa, sus hombres le aclaman no por obedecer sus súplicas (que les costaron caras a todos), sino por lo que es. No se trata sólo de satisfacer las demandas, sino, en conjunto, de admirar a un hombre extraordinario. No le comprenden; sólo son capaces de entender que es algo mayor de lo que jamás han visto y con eso, por todo lo que su rey es, le aman. Pero el director nos ha dicho, tras esa suerte de motín (que no es erróneo en cuanto a su planteamiento ni plenamente en cuanto a situación), que ‘Alejandro ya no era querido por todos’. Sus soldados necesitaban regresar a sus casas, estaban agotados, pero sólo querían volver con Alejandro, no sin él. No admitieron ser sustituidos por persas, porque, por encima de todo, le seguían a él.
En cuanto a las cuestiones técnicas, poco tengo que decir, principalmente por mi desconocimiento del tema.
La banda sonora me parece muy original y su carácter atípico no es una desventaja, sino que juega a su favor. No recuerda a muchas otras, excepto quizás a trabajos anteriores de Vangelis (lo cual, a parte de obvio, es inevitable). Cumple su cometido con gran dignidad y, pese a que no creo que sea una gran obra musical independientemente, adereza con gran acierto la película.
Respecto a las interpretaciones, no tengo suficiente idea como para juzgar con criterio. Me da la impresión, sin embargo, que es el punto más flaco de esta película. La selección de actores me parece muy cuestionable, y es que la mayoría de ellos aparentan estar a la altura de los ambiciosos papeles que se les asignan. Colin Farrell no sólo es mucho más bruto de lo que debería ser Alejandro, sino que además, aparece con la barba descuidada y cabello casi ridículamente largo al final de la película. Por mucha ‘degeneración persa’ (si es que realmente la hubo, y en estos términos, lo cual me parece profundamente cuestionable) que hubiese al final de su vida, Alejandro es Alejandro, y no descuidaría jamás su imagen personal. Pero lo más decepcionante es verle en las escenas de mayor carga emotiva, donde un más que potente guión pierde energía con una interpretación exagerada y poco creíble. Y lo mismo puedo decir de Jared Leto. Su corte de pelo es horrible y tal y como actúa, me parece, además de mal actor, un mal Hefestión. Repito que no tengo gran idea de interpretación, por lo que me muevo en un terreno de puras impresiones y escasos juicios fundados.
Sí me gustaría destacar que, pese a que creo que Oliver Stone usa con demasiada frecuencia planos inútilmente confusos (como en las batallas, o cuando decide colocar la cámara en las patas de Bucéfalo), utiliza con inteligencia y habilidad la cámara. No creo que pueda considerarse un referente al respecto, pero es atrevido y efectivo. La escena en la que Alejandro cae herido y toda la pantalla se tiñe de magenta me parece de una gran belleza y terriblemente adecuada. Alzado sobre el escudo homérico mientras sus hombres, bañados en sangre amarilla, se acercan en masa para tocarle y ponerle a resguardo; el resultado es una escena soberbia en todos los sentidos.
Y bien, esta es mi visión de la que me parece una película injustamente infravalorada. Y es que me da la impresión de que no se ha visto desde la perspectiva adecuada. Sería simplista decir que la gente iba al cine a ver una película épica y se decepcionó al verla (o no tan simplista, en muchos casos), pero sí creo que es cierto que no se terminó de comprender la profundidad a la que consigue llegar Oliver Stone en su tratamiento del protagonista. Posiblemente esté muy condicionado por mi interés sobre el personaje histórico, pero me parece que, estrictamente, esto juega en contra de mi valoración de la película. He tratado de verla no como un documento histórico ni como una representación fiel de unos hechos históricos, sino como la narración, el análisis poético realizado sobre un hombre, de carne y hueso, pero conocido por todos por sus conquistas.