Necesidad y contingencia: Análisis en Alejandro Magno
1. INTRODUCCIÓN
La figura de Alejandro Magno puede considerarse con toda certeza uno de los grandes personajes históricos, equiparable a Ramsés II, Gengis Khan o Napoleón. Son personajes en los que, siguiendo a Hegel, se produce una confluencia entre interés particular y general, y su egoísmo, un egoísmo extremo que afecta a decenas de miles de vidas, les lleva a dar un paso de gigante en el devenir histórico de la humanidad. Una suerte de astucia de la razón convierte ese anhelo individual, una fuerza irresistible para el gran protagonista, en un fin universal; el personaje juega entonces un papel tanto universal como particular, su devenir histórico se entremezcla con la determinación de un fin de la historia al que irremisiblemente confluyen sus actos. Las grandes conquistas se convierten en puntos de partida para el desarrollo de una gran civilización; estos personajes destruyen imperios y preceden a otros nuevos, y ahí es donde puede observarse un movimiento histórico acelerado.
La intención de este trabajo es precisamente ésta, elaborar un breve esbozo de la figura de un gran personaje histórico, en este caso, Alejandro Magno, desde una perspectiva hegeliana; discutir su adecuación, sus consecuencias y la problemática que de ello se deriva. No se trata de afirmar concretamente nada sobre el rey macedonio, sino de situar un intenso momento histórico, con un claro protagonista, bajo una óptica determinada y particular.
Los textos de Filosofía de la Historia hegelianos son especialmente recomendables para tratar este punto porque lo desarrollan explícitamente. El núcleo temático que va a tratarse puede relacionarse con el resto del desarrollo hegeliano sobre la materia, no sólo para ofrecer mayor profundidad, sino también para contemplar un mayor rango de las consecuencias de que derivan de una concepción como esta.
Así, Alejandro Magno va a ser visto desde una óptica fundamentalmente moderna. Si bien dicha visión conlleva un inevitable (y tal vez, condenado al fracaso por su ingenuidad) anacronismo, permite ponerla en relación al desarrollo filosófico que nos interesa. De otro modo sería imposible; a estas alturas no estamos en disposición de pretender emprender un análisis plenamente adecuado en su contexto histórico y, menos aún, de ponerlo en relación con las temáticas propuestas para este trabajo.
De este modo, el Alejandro Magno que va a presentarse puede mostrarse sensiblemente distanciado de lo que hoy se podría considerar su psicología, su carácter o sus pretensiones. El interés se centra más concretamente en las consecuencias de esas decisiones, las cuales son históricamente bastante definidas. Así pues, y como mínimo, a los hechos nos remitiremos.
2. CONTEXTO HISTÓRICO
Alejandro Magno nació a mediados del año 356 aC en Pella, la capital de lo que entonces era Macedonia. De niño contempló el auge militar del reino de su padre, Filipo II, que se hizo con el dominio de la zona norte de Grecia, incluyendo Tracia, Tesalia, Epiro e Iliria. En 343 aC Aristóteles fue llamado a la corte macedonia para hacerse cargo de la educación avanzada del joven Alejandro, que tenía 13 años. Este periodo duró 3 años y provocó una gran influencia en la mentalidad del príncipe; Aristóteles, que recientemente había abandonado la Academia (a la muerte de Platón en el 347 aC) aún no había desarrollado su sistema filosófico y es posible que durante el tiempo que dedicó a la educación del futuro soberano su orientación fuera esencialmente platónica.
A los 16 años Alejandro se hizo con la regencia del reino de Macedonia y entró en combate en el 338 aC, en la batalla de Queronea, que supondría el fin de las aspiraciones atenienses y tebanas por resistirse al poder macedonio en el centro de Grecia.
En el 336 aC Filipo II fue asesinado y Alejandro (el tercero con ese nombre) fue nombrado rey de Macedonia. Tras resolver con firmeza las rebeliones en Grecia, inició una expedición, en principio punitiva, contra el Imperio Persa, que ya había iniciado su padre. En abril de 334 aC el ejército griego desembarcó en Troya, ya en el continente asiático.
Alejandro venció al ejército persa en el Gránico e Issos, y a principios del 331 aC la actual Turquía, Judea y el norte de Egipto estaban bajo su poder. La batalla de Gaugamela supuso el final del poderío persa, lo que permitió a Alejandro entrar en Babilonia y terminar con la campaña santa de castigo. A partir de entonces, se embarcó en una guerra de conquista y de consolidación de su poder en el territorio que comprendía lo que hubiera sido el Imperio persa. Atravesó el Hindu-Kush para llegar a la ribera el Yaxartes al norte. Venció la resistencia india en el Hidaspes y, poco más lejos, en el río Hífasis su ejército se negó a avanzar más. El sueño de Alejandro, su deseo irresistible por avanzar más y más, hasta los confines de la tierra, se vio truncado, y no pudo hacer nada por cambiarlo. El regreso empezó por el descenso del Indo, que terminó recorriendo la orilla del golfo pérsico
En el 323 aC, tras once años de guerra incesante, Alejandro y su ejército, que para entonces ya incluía una mayoría de tropas “bárbaras” (persas, medos, bactrianos, indios…), volvieron a Babilonia, que se convertiría en la capital del nuevo Imperio macedonio. Sin embargo, Alejandro, con planes de iniciar la conquista de la península arábiga y del sur del litoral mediterráneo y que era considerado hijo de Zeus-Amón, murió a los 32 años de edad. No nombró claramente ningún heredero, y sus generales se embarcaron en una serie de guerras dinásticas que fragmentaron el territorio recientemente conquistado. Con estos conflictos, las guerras de los diádocos, empezaría la época helenística, la definitiva expansión de la cultura helena por el continente asiático.
3. ALEJANDRO – REY DE MACEDONIA
Al margen de toda consideración a posteriori que pueda hacerse, y que más adelante se tratará con más detalle, Alejandro Magno fue un hombre, un hombre de carne y hueso y, por ello, igualmente histórico. La pregunta por este humano que fue el rey macedonio deriva en los mismos problemas que la cuestión sobre el hombre mismo.
Y es especialmente problemático visto desde el punto de vista de un protagonista de la historia. Si la realidad del ser histórico, que es el hombre, excede ya de por sí, sobrepasa aquello para lo que ha estado enclaustrada, en Alejandro esa excedencia es aún mayor. Es el hombre más particular, aquel que reúne en su seno mayor grado de singularidades. Por ello, está más alejado del hombre universal que el resto; es menos esencia y más existencia pura, ya que su ser reclama lo particular, lo fáctico, y rehuye de lo definido porque precisamente de ello se aleja. Excede a pasos agigantados lo que debería ser, precisamente por el poder que concentró en su persona.
La contingencia es llevada al límite en el sentido de que el abanico de despliegue del ser de Alejandro es mucho mayor que el habitual, de ahí su tendencia a la existencia pura. No sólo afecta a su ser, sino que modifica el ser de los que están a su alrededor, más aún, de sus súbditos y de sus enemigos. Y es que Alejandro tenía en su mano las vidas de centenares de miles de personas, el alcance y la existencia de múltiples culturas y naciones… Y, todo ello, como posibilidad de despliegue. Todo ello es un poder ser gigantesco, que fue desarrollándose lentamente; desde el joven príncipe poseído por su madre al imparable conquistador, dueño del mundo conocido.
Por ello, su tratamiento y análisis se hace harto complejo. La deriva ontológica que conlleva un personaje como el que tratamos tiene un alcance difícil de concebir. Ya no sólo estalla la dificultad de contemplar, mínimamente siquiera, aspectos como la temporalidad o la situacionalidad de su ser, sino que nos encontramos ante una consecuente reducción de su realidad. Nos vemos limitados a considerarlo como una contracción de dos polos; de una contingencia en cierto modo incomprensible y de una determinación de alcance mundial.
No se trata simplemente del anhelo, tan típicamente moderno, de ver con optimismo las expectativas ante una abertura ontológica tan grande como es la naturaleza humana. Contemplando a Alejandro, esa abertura ya no existe; su naturaleza está cerrada. Vivió ciertos años, en una época determinada, llegó hasta un punto concreto y ahí murió. Por ello, hay que considerar su naturaleza contingente desde otra perspectiva; efectivamente, el ser del rey macedonio excedía a su humanidad mientras estuvo vivo y tuvo oportunidad de vivir, conquistar y situarse en un momento histórico determinado. Y por estar ese desarrollo finalizado, no deja de sobrepasarse.
Como antes se ha apuntado, Alejandro se presenta como especialmente excedente en su naturaleza. El hueco ontológico que supone no se cierra dado que, por un lado, no deja de ser hombre, y por el otro, está aún más expuesto a la condición histórica.
Por otro lado, hay que considerar la extrema particularidad de este protagonista histórico más al detalle. Efectivamente, cuando hablamos de él no nos referimos a “lo” Alejandro, como si, con el paso del tiempo, hubiera terminado por ser una suerte de universal. En cierto modo, sí es así, pero no desde la perspectiva que vamos a considerarlo. Se le puede considerar un paradigma moral en muchos sentidos, o estratégico, o político o, simplemente, histórico. Y no por ello dejó de ser un hombre particular, situado en el siglo IV aC. Y es que no habría Alejandro si no hubiese sido “ese” Alejandro, el particular, el contingente, el de carne y hueso al que aludíamos al inicio.
Y en este punto estamos máximamente distanciados de su condición determinada que vamos a tratar posteriormente. Máximamente significativo es que Alejandro llegara a ser quien fue siendo única y exclusivamente él. Su trascendencia histórica debe su causa al acto de extrema libertad que fue ser Alejandro, que fue ser precisamente él y no otro. En él confluyen todas las posibilidades que permitieron un cambio tan radical en su mundo, en cierto modo, traumático. Lo que se pretende recoger es que no hubiera sido él si no hubiese nacido el 21 de julio del 356 aC, si no se hubiesen dado todas y cada una de las contingencias de su vida para terminar exactamente donde terminó.
Obviamente puede considerarse que estaba lanzado a ser quien fue. Su padre, Filipo II, se había hecho con el control del mundo helénico continental, y Alejandro, a su prematura muerte, heredó sus pretensiones de conquista persa. Pero ahí (a falta de un examen más minucioso) termina la “determinación”, la contingencia por destino que hubiera podido condicionar la trascendencia histórica de Alejandro. Y precisamente, este grueso de “determinación” no deja tampoco de ser, efectivamente, contingente.
En un momento donde se dan todas las condiciones necesarias para que surja un gran personaje histórico, éste surge y resulta espléndidamente triunfante. Hubiera podido ser un fracaso estrepitoso o, simplemente, una falsa expectativa. Alejandro hubiera podido ser simplemente incompetente o, peor aún, haber sido derrotado en Gaugamela, o mucho antes. Los sátrapas del Asia menor podrían haber arrasado cosechas y campos para privar al ejército macedonio de suministros. Y ahí terminarían las aspiraciones de gloria; si hubiera salido con vida, habría vuelto a Macedonia profundamente humillado y perdido, con un ejército diezmado y una Grecia que clamaría revuelta. En un primer momento, pues, su trascendencia histórica pendía de un hilo.
Hay otro punto a tener en cuenta. Hemos tratado la gestación del mito que acabaría siendo. Muchos fueron los aspectos ajenos a Alejandro que, simplemente, confluyeron, no sin cierta causalidad, en él, para entronizarlo. A partir de ahí, sin embargo, su carrera dependió de él. Él decidió ser quien fue. Condujo su vida del modo que creyó conveniente y así, exclusivamente de este modo, llegó hasta los confines del mundo conocido. Dependía de muchos elementos, en particular, de su ejército, pero todo ello pasa a un segundo término cuando se considera su insaciable deseo. La mayoría de biógrafos modernos se refieren a ello como el póthos, la fuerza que le movió hasta el fin de sus días a ir siempre más y más lejos. Deseo de conquista, de emular a los héroes míticos, de realizar sus planes de fusión cultural… Lo cierto es que una fuerza propia (su fuerza, aquella que surgió en él y sólo en él) movió la existencia de Alejandro y trajo consecuencias gloriosas y a la vez devastadoras para su mundo.
Este póthos supone un estallido de pasión sin precedentes; es una fuerza que con su energía moviliza cuantas potencias históricas haya a su alrededor. No hay nada más paradigmático en la condición humana que la pasión, y ésta fue especialmente significativa en el talante de Alejandro. Su deseo arbitrario, irrefrenable e irracional movió a su mundo a voltearse, girarse de patas arriba y contemplar mudo de asombro un nuevo mundo, inmenso y desconocido. Fue, y con razón, terriblemente problemático y conflictivo, pero lo consiguió. Ese arrebato de deseo, ese acto de extremo egoísmo, permitió un paso de gigante en el devenir histórico del hombre.
Es especialmente remarcable destacar que el mayor deseo de Alejandro, el que jamás le abandonó, fue el de emular a sus héroes, de dejar tras de sí una fama imperecedera, aún pagando el precio de una vida breve. Buscaba, en último término, fijarse en la historia, abandonar la contingencia del recuerdo y establecerse permanentemente no sólo en la memoria humana, sino el lo que supone su Espíritu; su búsqueda de la libertad personal, ese movimiento fundamentalmente egoísta de ir siempre más allá sin tener en cuenta los medios, se encontró con lo que su momento histórico requería y lo elevó al protagonismo (compartido, eso sí) en el devenir humano.
4. ALEJANDRO – HIJO DE ZEUS
Siguiendo a Hegel, el único supuesto ineludible de la filosofía es la consideración de que todo lo real es racional, lo cual se desprende de la propia razón. Su importancia reside en que no se trata de un supuesto absoluto, sino que es resultado del pensamiento. La realización última de la idea la lleva a determinar lo empírico, que tan rehuido había sido en tentativas deterministas anteriores. Y en ese detalle empírico, en la aparente contingencia incontrolable de la realidad fáctica se encuentra, pues, también racionalidad. Es estadio último de una idea global.
Así, el proyecto humano, su fin, puede entenderse como la búsqueda de la racionalidad, la realización humana, que no es de otro modo que histórica. Visto desde la idea del espíritu, la realización de este proyecto se torna la libertad, que es razón en sí misma. No hay en el mundo humano nada que quede fuera de la racionalidad; la misma Historia se inscribe en un proceso de superación, en el que lo humano adquiere su verdadera naturaleza, esto es, se hace racional.
Los fines de los grandes hombres de la Historia se relacionan con este fin general. Contienen lo substancial en él, su voluntad se vuelve espíritu universal. En ellos se da una confluencia entre el interés particular y el interés universal, aquello hacia lo que tiende, y debe tender, la historia humana. A pesar de actuar en vistas a la satisfacción de un deseo estrictamente particular, o arrastrados por la irresistible fuerza de una necesidad casi natural o de alguna pasión, sus acciones acaban teniendo algún sentido, de modo que pueden ser reconstruidos (desde una perspectiva exterior) como si respondiesen a razones ciertamente superiores. Ahí aparece el concepto de la astucia de la razón. Es esa tendencia que se observa en este tipo de personajes, una suerte de artimaña de la razón universal para permitir que la Historia humana avance hacia su fin último. En los individuos históricos hasta el interés más particular no es otra cosa que la idea misma, el fin último, universal, de la razón. Quieren lo que hay que querer, lo que es preciso querer de acuerdo con este proyecto racional de la humanidad. En ellos el tiempo es determinación absoluta; saben, implícitamente, qué requiere su momento, por lo que, en último término, suponen una consecución de lo que estaba en proceso o el inicio de un proceso nuevo.
En Alejandro Magno este elemento es bien visible. Hemos tratado un aspecto clave en todo lo que supone, el phótos, su deseo imparable de descubrir, de ir siempre más y más lejos. Ahora puede analizarse con total plenitud.
Aparece como confluencia de su más extrema particularidad, siendo como es su mayor pasión (Alejandro fue un hombre extremadamente pasional) y, a la vez, correspondiéndose con lo que requería su tiempo. La definitiva caída del sistema de polis, la expansión de la cultura helénica por el oriente próximo y mediano, el fin del poderío aqueménida; en definitiva, la caída del mundo griego tradicional, xenófobo y recluido en sí mismo, y el nacimiento de una conciencia cosmopolita son las consecuencias más visibles del paso de Alejandro por el mundo. De algún modo participó en la máxima determinación, en la universalidad del fin de la humanidad, a pesar de ser máximamente contingente. Por ello sus fines particulares contenían lo substancial del fin universal, porque desencadenó su realización, ya fuera implícitamente o explícitamente, siguiendo sus motivaciones personales. Desencadenó lo que hacía tiempo que estaba latente. Fue transición entre las diferencias entre barbarie y civilización que caracterizaron tanto al mundo griego como al romano. El mundo, después de su muerte, se vería obligado a mirarse a sí mismo con otros ojos; mi mundo, mis dioses, ya no son los míos, sino los de todos. El mundo griego llegaba a su fin, exhausto por guerras externas e internas, y debía dar paso a otro momento, a otro instante histórico.
Ambos polos chocaron en su persona y causaron gran perplejidad, no sólo en los que le rodearon, sino también en él. Alejandro acabó siendo nombrado hijo de Zeus-Amón, un semidiós, un ser de la máxima excelencia venido a la tierra. Esa dualidad es constante en él. Configura un punto básico en cualquier intento de comprensión de lo que supuso. Extremadamente egoísta, arbitrario y pasional, mucho mas que lo que cabría esperar en un hombre y, a su vez, eficiente, implacable, necesario en extremo. Pero esa dualidad no se refiere exclusivamente a su carácter. Hay que hacer hincapié en el apartado que nos ocupa; la dualidad de la naturaleza de Alejandro, el choque irresuelto entre necesidad y contingencia que tiene parte en lo que él es.
Un personaje como Alejandro era necesario para su momento histórico. Precisamente por ello quiso lo que había que querer, por ello fue agente de la consecución del fin de la historia al tiempo que satisfacía sus propios deseos. Su libertad fue absoluta, y pudo ejercerla; aún considerando su temporalidad como si estuviera totalmente definida, ello no restaría autonomía en los actos del rey de macedonia. Desconocía, al menos en un primer momento, lo que se esperaba de él, por lo que actuaba con plena soberanía.
Y ahí aparece el segundo momento de libertad, en el que el sujeto siente satisfacción en la actividad que realiza y quiere realizar. Alejandro actuaba por plena decisión, y únicamente un motín y su muerte le privaron de realizar plenamente sus deseos. Necesariamente sentía satisfacción, no desvinculada del sempiterno y creciente anhelo de satisfacerse más y más, en lo que hacía. Se recreó en su faceta de gran conquistador; permitió e incluso alentó que se le considerara un semidiós. Sus dotes como actor, que muy probablemente ejerció con pleno gozo, son sólo comparables con su habilidad como estratega.
El hombre, y particularmente él, no sólo es medio para la realización de los fines racionales, sino que es también fin en sí mismo. A medida que se adquiere conciencia de ello, a medida que la racionalidad entra en el mundo humano, de modo que las acciones humanas son cada mayor parte de concepto de espíritu, va desapareciendo la astucia de la razón.
Y es que ésta no es nada más que un expediente teórico, necesario en cierta medida para que una situación paradójica, como la que nos hemos encontrado, no colapse la comprensión. Es una interpretación, un elemento añadido a posteriori, ya que los caminos que siguen los hombres pueden ser dispares (en eso consiste la libertad, precisamente). Aquí nos remitimos a la primera parte de la exposición, donde considerábamos la casual contingencia de la figura de Alejandro; una particular confluencia de factores generaron en su persona una explosión en el devenir histórico. Lo que es remarcable es que este momento histórico se dio, y esto es lo que se observa claramente con la noción de astucia de la razón. En las condiciones que fuese, un factor como el de Alejandro era necesario para el avance histórico. La humanidad (la sociedad eurasiática, me atrevería a decir) requería un paso más en su camino a la realización de su fin racional.
5. DISCUSIÓN Y PROBLEMÁTICA
Muchos aspectos del análisis que estamos realizando de la figura de Alejandro Magno quedan fuera de la consideración hegeliana de los grandes protagonistas de la Historia o, al menos, no se corresponden con facilidad con el tratamiento que le estamos dando. Este tipo de personajes presentan en su seno una dualidad difícil de comprender, que conlleva, además, ciertas dificultades.
Hay que tener en cuenta que la necesidad de Alejandro no se encuentra en su persona singular. Al devenir histórico del hombre le fue indiferente que fuera rubio o moreno. Lo verdaderamente significativo es un instante como él, un punto de confluencia de interés general e interés particular, que interiorice, en forma de suprema libertad, el desarrollo necesariamente racional de la condición humana; su tendencia a la completitud.
Esta distinción es, sin embargo, harto compleja y problemática. Contingencia y necesidad no están claramente distinguidas en el hombre, de ahí la dificultad para definirlo o comprenderlo; tampoco lo están en Alejandro. El alcance de la determinación, no sólo en lo que fue, sino también en sus actos, es oscuro. Es improbable que alguien que no fuera como él hubiese conseguido lo que Alejandro consiguió; la intensidad de su deseo, el póthos, su pericia política, sus necesidades afectivas… Todos los elementos de su persona parecen determinantes para sus actos y, a pesar de todo, parece plausible que una vida similar, una persona similar, hubiera podido hacerse agente de lo hacía falta hacer. Es posible idear muchos modos de alcanzar los objetivos de los que Alejandro fue partícipe, y no todos tienen un claro protagonista. Lo primordial es que fue él quien los llevó a cabo. Él, la persona, el hijo de Filipo y Olimpia, educado por Aristóteles, caprichoso, magnánimo, obsesionado y brillante, fue quien vivió. Por ello es histórico.
Olvidar esta faceta sería caer en un error. La Historia es en sí misma histórica, a pesar de que la podamos considerar como si estuviera regida por fines universales. La distinción es, aquí, poco relevante. El resultado es el mismo, ya sea una consideración a priori o a posteriori.
Pero, en cualquier caso, siguen surgiendo obstáculos para este planteamiento. Ya hemos apuntado que un motín frenó las aspiraciones que Alejandro tenía respecto a la conquista de la India. Su ejército decidió no seguirle más; en el río Hífasis los soldados dijeron basta. Alejandro, sin duda, hubiera querido seguir, hasta el confín de la tierra, que creía cercano. Por otro lado, murió a los 32 años, en medio de la preparación de una campaña de conquista de Arabia y el imperio cartaginés. La flota y los refuerzos estaban preparados, pero murió antes de tiempo. Estas contingencias, que se suman a la ya de por sí contingente naturaleza del conquistador, plantean dudas sobre la verdadera confluencia entre el interés particular y el interés general. Es latente que Alejandro no cumplió con sus expectativas, y sin embargo, no se le dejó seguir. La astucia de la razón o no aparece aquí, o lo hace para contradecirse con su tendencia habitual. No se sigue el deseo del protagonista histórico. Es cierto que, de acuerdo con el planteamiento hegeliano, la astucia de la razón se presenta como un elemento ex post, por lo que cabría dejarla momentáneamente de lado; lo que no podemos negar el desarrollo histórico del fin de la humanidad.
Así, cabe considerar que no sería significativo que Alejandro hubiese vivido unos años más, o que su ejército le hubiera permitido seguir unos meses más en su campaña en la India. Sea como fuere, tales acontecimientos no tuvieron lugar. Son, evidentemente, propios y exclusivos de la naturaleza de la persona Alejandro. Volvemos a la cuestión de la necesidad del Alejandro particular; del mismo modo, sus actos inmediatos son igualmente contingentes.
A pesar de todo, en el hipotético caso de que así hubiera sido, de que el dominio del gran conquistador se extendiese hasta, por ejemplo, el Ganges y el estrecho de Gibraltar, ¿no sería razonable pensar que la historia humana habría seguido un curso radicalmente distinto? Lo cual sería perfectamente posible, considerando que la suprema realización de la idea de Espíritu es la libertad, que es razón de sí misma. El fin, sin embargo, se mantendría.
Por otro lado, es posible concluir, de las fuentes antiguas (lo cual tampoco es garantía de nada, pero tampoco buscamos tal rigurosidad en este trabajo) que Alejandro no sólo deseaba conscientemente satisfacer sus deseos personales. Es muy significativo el papel de supremo egoísmo de este tipo de personajes en el texto hegeliano. Sin embargo, es muy posible que el rey macedonio tuviera realmente la intención de crear un imperio cosmopolita, de eliminar distinciones cualitativas entre griegos y persas. En este sentido, su egoísmo pasaría a un segundo plano. Sí es cierto que estos planes se realizaron por la fuerza, pero no por ello son más egoístas. Es más, no sería descabellado que Alejandro creyera realmente que sabía lo que había de hacerse (al margen de su atribución divina, de la que no se tiene constancia que creyese realmente). Este aspecto es planteado como implícito, pero en él puede presentarse como explícito. En este caso, no sería ya cuestión de astucia de la razón, sino de una suerte de “astucia de Alejandro”; él, deliberadamente, decide realizar aquello que necesita la humanidad para el avance de su Historia o, casualmente, su póthos coincide con sus pretensiones racionales. En cualquier caso, el resultado es el mismo.
Sin embargo, no pueden dejar de considerarse otras consecuencias que, si bien no influyeron directamente en la realización global del fin de la Historia, sí tuvieron gran impacto en su momento. El breve reinado de Alejandro conllevó, como hemos dicho, la caída del mundo tradicional griego y, en último término, dio paso al auge del imperio romano. Ambos aspectos son claves para la tradición cultural de occidente. No obstante, en el proceso, en los doce años de sangrientas campañas, decenas (o centenares) de personas perecieron por acción directa del ejército macedonio, Tebas fue arrasada, destruida hasta sus cimientos, y el palacio real de Persépolis quemado, numerosas tribus fueron masivamente exterminadas por su rebeldía. A la muerte de Alejandro empezaron una serie de salvajes conflictos por el control del nuevo imperio, y la inestabilidad política duró largos años.
Sin duda, aquello que debía hacerse se hizo, pero a un alto precio. Alejandro debía ser consciente de ello, por muy macedonia y bárbara que fuese su mentalidad. Hay un gran contraste entre el necesario avance histórico y los métodos que se usan para llevarlo a cabo. Volvemos a la contingencia de los actos de nuestro protagonista, pero, sin embargo, matizada. Difícilmente se habría conseguido lo que pretendió Alejandro (y que, en último término, era necesario hacer) sin un baño de sangre. Se podrían haber ahorrado unos miles de vidas, o sacrificado otras tantas, pero un cambio en todos los aspectos tan drástico como el que se llevó a cabo llevaba consigo el peso de la guerra y la muerte. Parece intuitivo que poco tiene de racional eso.
6. NOTAS BIBLIOGRÁFICAS
Distinguimos, de las obras consultadas respecto al contexto histórico tratado, dos vertientes. Las primeras, si bien no son coetáneas con el periodo tratado, toman como base fuentes directas de la vida de Alejandro. Las segundas son ensayos, más o menos afortunados, sobre el primer grupo de obras.
Fuentes antiguas:
- DIODORO: Biblioteca Histórica, Libro XVII, edición de A. Guzmán, Madrid, Akal, 1986.
- ARRIANO, F.: Anábasis de Alejandro Magno, edición de A. Guzmán, Madrid, Gredos, 1982
- CURCIO RUFO, Q.: Historia de Alejandro Magno, edición de F. Pejenaute, Madrid, Gredos, 1986
- PLUTARCO: Vidas paralelas: Alejandro Magno-César, edición de A. Guzmán, Madrid, Alianza, 2003
Fuentes modernas:
- BOSWORTH, A. B.: Alejandro Magno, Cambridge, Cambridge University Press, 1996.
- CARATINI, R.: Alejandro Magno, Barcelona, De Bolsillo, 2005
- DROYSEN, J.G.: Alejandro Magno, Madrid, FCE, 2001
- GUZMÁN, A.; GÓMEZ, F.J.: Alejandro Magno, Madrid, Alianza, 2004
- HAMMOND, N.G.L.: Alejandro Magno: Rey, general y estadista, Madrid, Alianza Universidad, 1992
- RENAULT, M.: Alejandro Magno, Barcelona, Edhasa, 2004