El cuarto año de la centésimo sexta Olimpíada llegaba a su otoño. Alejandro soltó su apostura por las callejuelas de Corinto. Acababa de ser ratificado como heredero de Filipo, y por lo tanto, hegemón vitalicio de la Liga Corintia. Exceptuando Esparta, que desde hacía largos años había perdido todo esplendor, la Hélade estaba controlada y pacificada. Tebas no volvería a causar problemas, y Atenas temblaba entera por la resolución de aquel muchacho advenedizo. Demóstenes podría causar problemas, al menos durante un tiempo; ya se encargaría de él. Así que Alejandro tuvo tiempo para distraerse, con la mente tranquila y la cabeza serena. Los muchachos de la guardia le seguían de cerca, con los puños cerrados junto a las espadas. A diez pasos. Eran altos y robustos, no como Alejandro.
Él irradiaba otro tipo de fortaleza. Tormenta y calma en sus ojos, insaciable curiosidad. Una profundidad verdosa y brillante, a la expectativa. Caminaba danzando, con extrema suavidad. Todo el mundo lo contemplaba murmurando, como arrullando, extasiados como estaban por ese porte arrogante y resuelto, mientras él meneaba impasible su larga cabellera dorada. La armadura de gala refulgía y tintineaba suavemente sobre sus muslos. Apenas era mayor de edad y tenía atado de pies y manos el mundo heleno. Alejandro, un león joven, noble y hermoso, pero también terrible, a punto de saltar sobre cualquier presa, rebanarle el cuello de una dentellada y beber enloquecido su sangre.
Le habían hablado de Diógenes. Diógenes el cínico, un viejo filósofo de la secta del perro. Vivía de la limosna, sin más atuendo que la desvergüenza y un malentendido sarcasmo. Desdeñaba cualquier norma cultural, y se dedicaba a sobrevivir arrastrándose al margen del devenir de la polis. Un gran sabio, le habían dicho. Alejandro esperaba que el viejo fuera a verle. Avergonzados, le habían indicado dónde vivía.
Atravesó las callejuelas que llevaban a las afueras de la ciudad. Había atravesado los robustos muros bajo la atemorizada mirada de los centinelas. La gente, vestida con sucios harapos y cortos quitones, se apartaba a su paso, y dejaba tras de sí calles enlodazadas y llenas de mierda. Por el centro corría un apestoso riachuelo de color oscuro. Las casas, de barro enyesado, eran pequeñas y modestas. Las mujeres no salían de ellas. Se quedaban en los dinteles de las puertas, sin dejarse ver.
Al fin le vio, apoyado en una pared desconchada y tomando tranquilamente el sol. Tenía un viejo barril a su lado. El poco pelo que le quedaba era blanco y ralo. La piel, morena y agrietada, se tendía sobre él como un generoso manto, arrugado y deshilachado por la intemperie y la dejadez. Sonreía con su desdentada boca y, a pesar de todo, no parecía un simple anciano. Mostraba un absoluto desdén, no se preocupaba por parecer respetable o débil. Sencillamente, estaba ahí tendido, como un madero abandonado, disfrutando de la cálida tarde, sin más. Alejandro se paró un momento a contemplarle y se acercó. Apestaba.
Se puso ante él con decidido porte. Le miró de cerca, tomó aire.
- Soy Alejandro, rey de Macedonia y caudillo de los helenos. Pídeme lo que desees y te será concedido.
Su voz sonó fuerte pero melodiosa. Sólo quiso llamar su atención. Aquel viejo le inspiraba cierto respeto, parecía valiente y tenaz. No era sabiduría lo que leía en su rostro, pero sí una gran voluntad. Diógenes se divertía profundamente viviendo cómo lo hacía. Era su desafío a la polis, a la luz de la Oikumene, al orden y la prudencia, al mundo político lo que le hacía singular. No de por sí valioso, pero distinto al menos.
- Entonces apártate, que me tapas el sol – replicó con voz áspera, como el graznido insolente de un cuervo -.
Alejandro sonrió. No se movió ni un ápice. Dejó que su dulce aroma se liberara por el ambiente. Permitió que Corinto bebiera de su grandeza. Esperó a que su poder fluyera por encima de la basura y se grabara en la mente de aquella gente. La guardia le esperaba, impaciente. Algunos se reían de Diógenes y susurraban comentarios mordaces. Alejandro orientó el cielo a su mirada y pausadamente dijo:
- Si no fuera Alejandro, sin duda querría ser Diógenes.
El viejo sonrió, con el semblante triunfante.
Aristóteles, desde el ninfeo en Mieza, levantó la cabeza y se puso a reír con ganas. Una carcajada sonora y clara, como el fresco repiqueteo de la lluvia en las hojas verdes de un roble joven. ¡Por el perro!