“Et quidem cedimus Te esse alquid quo nihil maius cogitari potest. An ergo non est aliqua talis natura, quia dixit insipiens in corde suo: non est Deus? Sed certe idem ipse insipiens, cum audit. Hoc ipsum quod disco: aliquid quo maius nihil cogitari potest, intelligit quod audit; et quod intelligit in intellectu eius est, etiam si nom intelligat illud esse. Aliud enim est rem esse in intellectu, aliud intelligere rem esse.”
“Creemos que eres algo nada mayor de lo cual puede concebirse. Se trata, por consiguiente, de saber si tal Ser es, porque el insensato ha dicho en su corazón: No hay Dios. Porque cuando me oye decir que hay un ser por encima del cual no se puede concebir nada mayor, este mismo insensato comprende lo que digo; el pensamiento está en su inteligencia, aunque no crea que el objeto de este pensamiento es. Porque una cosa es tener idea de un objeto cualquiera y otro creer que es.”
Anselmus: Proslogio, Capitulum II
Según San Anselmo pues, la existencia de Dios es necesaria dada su naturaleza. Dios es nada mayor de lo cual nada puede concebirse, por lo que si se entiende esa idea, hay que admitir su existencia. Esto es, si entendiéramos tal idea pero no aceptáramos que existe, incurriríamos en una contradicción, puesto que deberíamos admitir un ser aún más perfecto (lo cual es imposible) que exista de facto.
En todo caso, y como consideración adicional, es preciso apuntar que San Anselmo no tenía noción alguna de la distinción entre esencia y existencia. Tal distinción no llegó a los filósofos cristianos hasta que no se tradujeron al latín los autores musulmanes, entre ellos Avicena. Así pues, San Anselmo sólo es capaz de diferenciar un ser exclusivamente en el entendimiento (tal como podría ser un centauro) y un ser real (como el hombre, del que podemos conocer la esencia y tenemos constancia de su existencia).
En la primera premisa, San Anselmo presupone que lo que él llama Dios puede concebirse realmente. Algo mayor de lo cual nada puede concebirse parece ser un concepto límite, el fin de un interminable camino. Dado que tiene que ser “lo mayor”, lo máximamente grande, y que siempre podremos pensar algo mayor a lo previamente concebido, parece que un concepto límite tenga una naturaleza un tanto difícil. Debe ser una idea total, absolutamente grande, corresponderse en la magnitud infinita. Puede pensarse algo así, pero no con suficiente consistencia como para considerarlo un “algo”. Debería ser una noción, pero es contradictorio tomar el infinito como algo concreto. Leibniz, uno de los grandes empiristas británicos, afirmaba que conceptos tales como velocidad máxima son contradictorios. No le falta razón, la velocidad máxima es propia del objeto que del punto inicial al final no invierte tiempo (puesto que, en caso contrario, podría concebirse una velocidad aún mayor), lo cual implica que no hay movimiento y, por tanto, tampoco velocidad.
En todo caso, aceptando que pueda concebirse la idea de algo mayor de lo cual no puede concebirse nada, nos encontramos ante otro obstáculo. San Anselmo presupone que la existencia (el ser real) es un atributo de grandeza, por lo que es indispensable para el mayor de los seres. Es decir, Dios es lo mayor que puede concebirse y, por tanto, debe existir (o ser realmente), puesto que si no existiera no sería lo mayor. En primer lugar, y dada su grandeza, sería delicado pensar que tal naturaleza tuviera que constreñirse a los criterios de perfección humanos. Nosotros, hombres mortales y miserables, tal vez pensamos que la existencia es un atributo de perfección, esto es, que es más perfecto un ser existente que uno simplemente ideal, pero eso no implica que una naturaleza divina deba considerarlo así. Por otro lado, y con mayor justicia, hay que considerar la réplica que hizo Kant1 a este argumento.
Según este, lo que se afirma de un ente real (existente) y de otro simplemente posible puede ser lo mismo, o dicho de otro modo, los atributos que se pueden aplicar a seres reales y seres posibles son los mismos. Los atributos de algo posible se le dan en relación a ese algo, exista o no, no por ellos mismos. Así, cuando un ente es posible, sus predicados se afirman por sí mismos, porque existen (de un modo general, no particular, es decir, aplicados a ese ente posible). Así pues, concluimos que la existencia no es algo atribuible a un ente, sino que es su posición absoluta, y no meramente relativa (como lo sería un atributo). Por lo tanto, aunque pudiera concebirse la idea de algo mayor que lo cual no puede concebirse nada, ello no implicaría que tal idea tenga que existir necesariamente, como pretende San Anselmo, sino que puede quedarse como lo que es, una idea. Es decir, no puede concluirse ni que existe ni que no, lo cual no sirve de nada.
En realidad, el argumento ontológico de San Anselmo sólo puede demostrar que algo es necesariamente. Esto es, que hay un ser que, siendo como es, no puede ser de otro modo, esto es, no puede no ser. Hay algo que permanece siempre, al margen de la contingencia del mundo. Llegamos a esta conclusión reconsiderando su argumento. Avicena había recurrido a una dialéctica similar al considerar a Dios no como algo definido y individual, sino como el Ser, simplemente, un ente total y existente. Es un ser de naturaleza tal que su esencia no puede desvincularse de su existencia; su esencia consiste en su existencia2. La necesidad de este Ser también puede derivar de la contingencia propia del mundo. Entenderlo como un ser independiente, como se concibe a Dios, es erróneo; el Ser es el todo al que debe la existencia todo lo posible, esto es, el mundo sensible. No podría ser de otro modo; la contingencia evidente de lo aparente debe sustentarse en un contenido necesario que sea su causa lógica3.
Tal como Kant afirmó, si no existiera nada a un nivel global, nada sería posible. Algo concreto puede concebirse como posible y, por tanto, no existente en algún momento. Sin embargo, de un todo tal consideración es errónea, si no hay existencia previa no puede concebirse ninguna posibilidad; algo tiene que existir necesariamente para que algo sea posible (puesto que si no, sería concebible un momento en el que nada existiese, y es evidente que existe algo). Sea lo que sea, se le llame Ser o como se quiera, el hecho es que hay existe necesariamente algo.
Muchos han sido los distintos argumentos ontológicos a lo largo de la historia. Procedan como procedan, el error último siempre consiste en la consideración de Dios como algo determinado e individual, en su personalización ideal. Sobra decir que ninguno de ellos es válido. No hay certeza, ni tan siquiera dialéctica, que exista Dios más que como mero concepto.
1 KANT, I.: El único fundamento posible de una demostración de la existencia de Dios, 1ª Consideración 1, 3, 1763.
2 AVICENA: Isârât (Livre des directives et remarques), trad. A.-M. Goichon, Vrin, Beirut-París, 1951, págs. 371-372
3 AVICENA: Kitâb al-Shifâ (Libro de la curación), II parte, ed. S. Van Riet, E. Peeters, Lovaina, 1983.