El començament de la Filosofia: Fichte i Hegel

Posteado en Filosofía con etiquetas, , sobre 18 Julio 2008 por Joan

Aquesta entrada correspon a un treball de curs d’una assignatura dedicada a la Fenomenologia de l’Esperit de Hegel. Com es pot veure, considera la qüestió de com donar inici a la Filosofia; no es tracta tant de considerar el fonament com la forma de poder començar el discurs filosòfic. La Crítica de la Raó pura de Kant havia suposat un ineludible precedent. Dit això, és molt possible que aquest treball sigui ampliat més endavant, però com que aquesta és la versió que vaig presentar, em sembla que, de moment, pot penjar-se així.

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El proyecto cosmopolita atravesado por el terrorismo - Respuesta de Habermas al 11-S

Posteado en Filosofía con etiquetas, sobre 21 Febrero 2008 por Joan
 
Este es el trabajo que presenté para la asignatura de Filosofía Contemporánea I. Debo decir que es un tema que me interesa, por lo que tengo intención de seguir trabajando en él. En cualquier caso, tal y como está ahora, se trata más de algo así como una reseña que de una defensa de una tesis. 
 

1. INTRODUCCIÓN

La diferencia entre lo jurídico y lo ético ya se apunta en la Teoría de la acción comunicativa (1). Cuando el gobierno de los G.W. Bush defiende una guerra justa, que no legal, frente a un eje del mal, un adversario fantasmagórico que ha sido demonizado, pasa a primer plano unas convicciones éticas, las cuales tienen total predominancia sobre lo jurídico. Este tipo de discursos no apela al Derecho, de modo que no considera las diferencias religiosas o culturales. Emerge un falso universalismo que impone una determinada forma de vida a todos los demás Estados. La tesis de Habermas es que no hay justicia entre naciones sin la intervención del Derecho a un nivel internacional.

En el Derecho internacional clásico los sujetos del Derecho son los Estados (hasta mediados del s. XIX son los Estados europeos, únicamente). Según éste, se establece un juego estratégico basado en tres reglas. La primera regla plantea que el Estado soberano debe tener el monopolio de la violencia y controlar la situación social y territorial dentro de sus frontera y, por ello se constituye como tal. La segunda, que la soberanía del Estado se basa en el reconocimiento internacional. La tercera y última regla, que el Estado soberano puede firmar la paz o declarar la guerra con otros Estados, pero no puede intervenir en los asuntos internos de otro Estado.

Así pues, no hay una instancia supranacional que pueda intervenir en situaciones de conflicto internacional y se reserva la persecución de crímenes de guerra a las situaciones de paz en las que puedan intervenir coaliciones de Estado. Por otro lado, es indiferente la orientación de cada uno de los Estados, mientras se despliegue internamente. Además, hay terceros países soberanos que pueden declararse neutrales. En resumen, la igualdad soberana pasa por reconocer la guerra como medio de resolución de conflictos y, por tanto, el conflicto bélico depende de los pactos de los Estados que la subscriban.

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Crítica cinematográfica: ‘Alexander’, de Oliver Stone

Posteado en Críticas con etiquetas, , sobre 9 Diciembre 2007 por Joan

Hace tiempo que quería escribir una crítica sobre la película ‘Alexander‘, que se estrenó, sin pena ni gloria, en 2004. Recientemente he podido adquirir la versión extendida, ‘Alexander revisited: The Final Cut‘, que me parece que responde a su montaje definitivo y es, por tanto, la versión de referencia. Me da la impresión que mi visión es bastante distinta de la opinión general y, a pesar de que eso no tiene la más mínima importancia, he intentado expresarla con claridad y argumentos que le den cierto sustento.

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El tiempo en la existencia humana: La Historia enfocada en la vida

Posteado en Filosofía con etiquetas, , sobre 24 Julio 2007 por Joan

Esta entrada corresponde a mis apuntes, convenientemente ordenados ampliados y seleccionados, de Filosofía de la Historia II. El trabajo sobre Alejandro Magno y el análisis de la necesidad y la contingencia en él corresponden a la primera parte de esta asignatura. Debo apuntar que estos apuntes requieren cierta familiaridad, si no con la temática, con el léxico y los textos señalados.

 

1. INTRODUCCIÓN

La ontología tradicional del tiempo había conllevado consideraciones que no eran capaces de recoger el espíritu de la naturaleza histórica del hombre. La noción aplanada y lineal de Aristóteles conllevaba una noción parcial y excesivamente cientificista.

No fue hasta el abandono de este paradigma occidental que pudo tratarse con plena dedicación la cuestión de la verdadera naturaleza del hombre y su estrecho vínculo con la dimensión histórica. A ello se liga una nueva forma de entender la disciplina, en tanto que debería desvincularse de toda ciencia que la alejara de su interés fundamental. La oposición no se centra exclusivamente en el historicismo o los planteamientos esencialistas clásicos respecto a la naturaleza humana, sino también a la conciencia común del mundo occidental.

Así pues, este trabajo pretende recoger la nueva visión respecto a la existencia humana, vinculada a una nueva ontología del tiempo, que recoja el carácter específico de su ser, una nueva concepción de la Historia como disciplina y una crítica a la idea de progreso, tan enraizada en el ideario de el mundo contemporáneo occidental. Al fin y al cabo se quiere analizar cual es el papel de las dimensiones temporales de futuro y pasado en la vida y la actividad humanas, y cual es el modo en el que pueden ser abordadas mediante la reflexión filosófica.

Se han tomando como fuentes de lectura básicamente a tres autores clave; Heidegger, Benjamin y Nietzsche. Los planteamientos de San Agustín de Hipona y de Ricoeur han servido para completar la exposición y enriquecerla con sus respectivas orientaciones. No se pretende, a pesar de todo, ofrecer una exposición detallada o especialmente rigurosa de sus discursos considerados aisladamente, sino que se ha primado la consistencia interna del trabajo en sí. Se trata de ofrecer un planteamiento coherente y unitario que, si bien debe recoger los elementos clave de cada autor, los reelabore dentro de una perspectiva y unos objetivos comunes.

 

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Declaración de intenciones

Posteado en Nada en concreto sobre 21 Mayo 2007 por Joan

Este blog surge como continuación al anterior “Filósofos, poetas, charlatanes y silencio” que tenía en Blogspot. Por cuestiones de presentación, decidí migrar a WordPress, aunque el proceso fue más largo de  lo que hubiese querido. En fin, aquí estoy de vuelta.

La cuestión del idioma no tiene, de momento, una solución clara. Ni tengo intención de renunciar al catalán, que es mi lengua materna (por si eso tuviese algun valor), ni me veo privado de escribir en castellano. Iré publicando en el idioma que surja. Soy consciente de las dificultades que esto puede ocasionar, pero en fin, qué le vamos a hacer. Creo que es mejor así.

Mi intención con este blog es la de colgar los pequeños artículos y relatos que vaya escribiendo. Es posible que acabe publicando alguna crítica cinematográfica. En cualquier caso, la temática oscilará siempre en un ámbito filosófico. No pretendo publicar más que aquellas excrecencias literarias que vaya escribiendo; jamás tendrá un cariz más emocional que el que expresen mis cuentos. No será una Efeméride donde cuente lo que me vaya ocurriendo, ni colgaré nada que no sea de estricta creación mía o de mis amigos.

No tengo un ritmo fijo de publicación ni de escritura, pero intentaré actualizar el blog periódicamente.

Un saludo

Sense fi

Posteado en Relatos con etiquetas, sobre 21 Mayo 2007 por Joan

No va mirar enrere mentre s’allunyava de la estació espacial. Però sabia que era allà, expectant, mirant-lo, mig amb esperança, mig amb por. Era, de fet, l’última esperança, i per a això l’havien preparat. La Xina no havia donat suport a la iniciativa, ni al fet que el pilot fos canadenc, però tots sabien que no hi havia temps i van haver d’acceptar. Tots sabien del perill a què sempre havia estat sotmès el planeta, però mai li van parar prou atenció. Ni diners, ni temps, i ara era massa tard. Res havia pogut desviar l’implacable meteorit que s’acostava a la Terra, ni els milers de caps nuclears, ni els miralls d’ones, res. I el temps havia passat. Segons els càlculs, el lloc d’impacte era una zona deshabitada de la Patagònia. Però els efectes serien devastadors. Ningú s’atrevia a qüestionar que si res evitava la catàstrofe, la raça humana s’extingiria. La Lluna segurament sobreviuria, però les colònies que hi estaven construint encara no eren operatives.

I allí era ell, en el més ràpid dels transbordadors que la NASA i l’Agència Espacial Europea havien pogut fabricar, amb el trepant més potent i la bomba nuclear més poderosa. Tot depenia de la seva determinació i de l’eficàcia de l’equip de freds robots que l’acompanyaven. Havien de foradar el meteorit, instal·lar la bomba i esperar que la roca s’esmicolés o, com a mínim, variés prou la seva trajectòria com per allunyar-se de la Terra.

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Necesidad y contingencia: Análisis en Alejandro Magno

Posteado en Filosofía con etiquetas, , , sobre 27 Febrero 2007 por Joan

1. INTRODUCCIÓN

La figura de Alejandro Magno puede considerarse con toda certeza uno de los grandes personajes históricos, equiparable a Ramsés II, Gengis Khan o Napoleón. Son personajes en los que, siguiendo a Hegel, se produce una confluencia entre interés particular y general, y su egoísmo, un egoísmo extremo que afecta a decenas de miles de vidas, les lleva a dar un paso de gigante en el devenir histórico de la humanidad. Una suerte de astucia de la razón convierte ese anhelo individual, una fuerza irresistible para el gran protagonista, en un fin universal; el personaje juega entonces un papel tanto universal como particular, su devenir histórico se entremezcla con la determinación de un fin de la historia al que irremisiblemente confluyen sus actos. Las grandes conquistas se convierten en puntos de partida para el desarrollo de una gran civilización; estos personajes destruyen imperios y preceden a otros nuevos, y ahí es donde puede observarse un movimiento histórico acelerado.

La intención de este trabajo es precisamente ésta, elaborar un breve esbozo de la figura de un gran personaje histórico, en este caso, Alejandro Magno, desde una perspectiva hegeliana; discutir su adecuación, sus consecuencias y la problemática que de ello se deriva. No se trata de afirmar concretamente nada sobre el rey macedonio, sino de situar un intenso momento histórico, con un claro protagonista, bajo una óptica determinada y particular.

Los textos de Filosofía de la Historia hegelianos son especialmente recomendables para tratar este punto porque lo desarrollan explícitamente. El núcleo temático que va a tratarse puede relacionarse con el resto del desarrollo hegeliano sobre la materia, no sólo para ofrecer mayor profundidad, sino también para contemplar un mayor rango de las consecuencias de que derivan de una concepción como esta.

Así, Alejandro Magno va a ser visto desde una óptica fundamentalmente moderna. Si bien dicha visión conlleva un inevitable (y tal vez, condenado al fracaso por su ingenuidad) anacronismo, permite ponerla en relación al desarrollo filosófico que nos interesa. De otro modo sería imposible; a estas alturas no estamos en disposición de pretender emprender un análisis plenamente adecuado en su contexto histórico y, menos aún, de ponerlo en relación con las temáticas propuestas para este trabajo.

De este modo, el Alejandro Magno que va a presentarse puede mostrarse sensiblemente distanciado de lo que hoy se podría considerar su psicología, su carácter o sus pretensiones. El interés se centra más concretamente en las consecuencias de esas decisiones, las cuales son históricamente bastante definidas. Así pues, y como mínimo, a los hechos nos remitiremos.

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Alejandro y Diógenes

Posteado en Relatos con etiquetas, sobre 12 Octubre 2006 por Joan

El cuarto año de la centésimo sexta Olimpíada llegaba a su otoño. Alejandro soltó su apostura por las callejuelas de Corinto. Acababa de ser ratificado como heredero de Filipo, y por lo tanto, hegemón vitalicio de la Liga Corintia. Exceptuando Esparta, que desde hacía largos años había perdido todo esplendor, la Hélade estaba controlada y pacificada. Tebas no volvería a causar problemas, y Atenas temblaba entera por la resolución de aquel muchacho advenedizo. Demóstenes podría causar problemas, al menos durante un tiempo; ya se encargaría de él. Así que Alejandro tuvo tiempo para distraerse, con la mente tranquila y la cabeza serena. Los muchachos de la guardia le seguían de cerca, con los puños cerrados junto a las espadas. A diez pasos. Eran altos y robustos, no como Alejandro.

Él irradiaba otro tipo de fortaleza. Tormenta y calma en sus ojos, insaciable curiosidad. Una profundidad verdosa y brillante, a la expectativa. Caminaba danzando, con extrema suavidad. Todo el mundo lo contemplaba murmurando, como arrullando, extasiados como estaban por ese porte arrogante y resuelto, mientras él meneaba impasible su larga cabellera dorada. La armadura de gala refulgía y tintineaba suavemente sobre sus muslos. Apenas era mayor de edad y tenía atado de pies y manos el mundo heleno. Alejandro, un león joven, noble y hermoso, pero también terrible, a punto de saltar sobre cualquier presa, rebanarle el cuello de una dentellada y beber enloquecido su sangre.

Le habían hablado de Diógenes. Diógenes el cínico, un viejo filósofo de la secta del perro. Vivía de la limosna, sin más atuendo que la desvergüenza y un malentendido sarcasmo. Desdeñaba cualquier norma cultural, y se dedicaba a sobrevivir arrastrándose al margen del devenir de la polis. Un gran sabio, le habían dicho. Alejandro esperaba que el viejo fuera a verle. Avergonzados, le habían indicado dónde vivía.

Atravesó las callejuelas que llevaban a las afueras de la ciudad. Había atravesado los robustos muros bajo la atemorizada mirada de los centinelas. La gente, vestida con sucios harapos y cortos quitones, se apartaba a su paso, y dejaba tras de sí calles enlodazadas y llenas de mierda. Por el centro corría un apestoso riachuelo de color oscuro. Las casas, de barro enyesado, eran pequeñas y modestas. Las mujeres no salían de ellas. Se quedaban en los dinteles de las puertas, sin dejarse ver.

Al fin le vio, apoyado en una pared desconchada y tomando tranquilamente el sol. Tenía un viejo barril a su lado. El poco pelo que le quedaba era blanco y ralo. La piel, morena y agrietada, se tendía sobre él como un generoso manto, arrugado y deshilachado por la intemperie y la dejadez. Sonreía con su desdentada boca y, a pesar de todo, no parecía un simple anciano. Mostraba un absoluto desdén, no se preocupaba por parecer respetable o débil. Sencillamente, estaba ahí tendido, como un madero abandonado, disfrutando de la cálida tarde, sin más. Alejandro se paró un momento a contemplarle y se acercó. Apestaba.

Se puso ante él con decidido porte. Le miró de cerca, tomó aire.

    - Soy Alejandro, rey de Macedonia y caudillo de los helenos. Pídeme lo que desees y te será concedido.

Su voz sonó fuerte pero melodiosa. Sólo quiso llamar su atención. Aquel viejo le inspiraba cierto respeto, parecía valiente y tenaz. No era sabiduría lo que leía en su rostro, pero sí una gran voluntad. Diógenes se divertía profundamente viviendo cómo lo hacía. Era su desafío a la polis, a la luz de la Oikumene, al orden y la prudencia, al mundo político lo que le hacía singular. No de por sí valioso, pero distinto al menos.

    - Entonces apártate, que me tapas el sol - replicó con voz áspera, como el graznido insolente de un cuervo -.

Alejandro sonrió. No se movió ni un ápice. Dejó que su dulce aroma se liberara por el ambiente. Permitió que Corinto bebiera de su grandeza. Esperó a que su poder fluyera por encima de la basura y se grabara en la mente de aquella gente. La guardia le esperaba, impaciente. Algunos se reían de Diógenes y susurraban comentarios mordaces. Alejandro orientó el cielo a su mirada y pausadamente dijo:

    - Si no fuera Alejandro, sin duda querría ser Diógenes.

El viejo sonrió, con el semblante triunfante.

Aristóteles, desde el ninfeo en Mieza, levantó la cabeza y se puso a reír con ganas. Una carcajada sonora y clara, como el fresco repiqueteo de la lluvia en las hojas verdes de un roble joven. ¡Por el perro!

Conte burgès

Posteado en Relatos con etiquetas sobre 11 Julio 2006 por Joan

En Pere Pujols era un home com cal; atenia els clients de la carnisseria al matí, prenia el cafè a casa amb la seva esposa i se n’anava a dormir a les nou. Gaudia, sense pensar-hi massa, en el seu ordre, el tarannà impol·lut de la seva existència, calmada, plàcida i tranquil·la. Cap clienta sobrevivia a la seva mirada inquisitorial; la seva carnisseria no era per a obrers i bruts camperols, sinó per a gent de bé, evidentment educada polida, i grassa. Compraven enormes talls de pernil ibèric només per fardar, i ell es delia ridiculitzant-les en silenci. Eren estúpides, terriblement hipòcrites i buides.

Una nit no es va trobar bé. Li ho va dir, en una de tantes converses insubstancials, a la seva insulsa dona. Van acordar, sense esma, avisar el metge el dia següent. A les vuit, en Pere Pujols ja era al llit. Va veure’s a desgana el got de llet calenta que la estúpidament sol·lícita muller li va portar i no es va molestar a acomiadar-se. No estava d’humor.

No es va despertar, però aviat va notar una rara sensació, com d’inconsistència. Era desagradablement nou. No hi va voler pensar, però bé sabia que aviat s’adonaria que havia perdut el cos. I, Déu meu, en Pere Pujols va cridar aterrat, va esbufegar i es va desesperar fins gairebé perdre el sentit. Una situació desconeguda, que no podia controlar. Maleït sia, havia perdut el cos, i no era una cosa de les que passen cada dia.

Al cap d’unes hores va aconseguir-se asserenar i va observar, per primer cop a la seva vida, l’entorn. Seguia existint, certament, però d’una forma totalment diferent. No era al llit, ni enlloc; El món li va escaure molt feixuc d’aquella manera, tant enormement consistent, complet i ordenat. Era com mirar des d’una finestra un paisatge de distàncies cambiants; ara era a milions d’anys llum de la terra i ara a escassos centímetres de la berruga a la barbeta de la seva dona. Podia mirar a tot arreu i enlloc alhora; però no era pròpiament enlloc. Sense cos, evidentment.

Aviat va entendre aquell estat com una extravagant, i per primer cop agradable, lucidesa. Al temps que era, entenia, sense traves però amb dificultat encara. Poc a poc va decidir-se per recuperar el cos, tot sabent que no seria gens senzill. Intuïa, sense saber perquè, que havia de fer-ho. D’entre les moltes possibilitats que se li plantejaven per a resoldre la situació, la més assequible li va semblar la de fer-se entendre per la seva dona. Ara que no tenia cos, la seva existència es reduïa a un significat, localitzat, de moment. Així que l’única forma de garantir l’existència era fer-se entendre i raure per sempre més en la consciència d’algú físic. No l’importava haver de conviure amb les estúpides idees d’aquella dona; era la més propera.

La millor forma de fer-se entendre era situar-se al periòdic, que ella llegia cada tarda a l’hora del te. Al costat dels successos internacionals, enmig de la gana a l’Àfrica i les pluges a l’Índia, allí, en Pere Pujols esperava la seva hora. Ben puntual, amb la tassa de sanefes vermelles a la mà, la muller va començar a fullejar el diari. I quina decepció en adonar-se que va ser incapaç d’entendre’l. El va llegir dos cops, fins i tot tres, amb cara estranyada. Tan familiar i alhora tan llunyà; la dona no va aconseguir esbrinar de què parlava aquella columna.

No l’havia entès. Era una idea lliurada a la realitat. En Pere Pujols es va desfer del nom i dels records, de res li servien ja, tot i que tampoc havia decidit fer-ho. Aviat es va sentir plenament calmat i serè. I lliure, molt lliure, enmig un mar cada cop més familiar i conegut. Al cap i a la fi, ell era un home. Sense cos, cap sentit tenia conservar particularitats. S’acostava poc a poc a tots i cadascun dels individus que eren com ell. En Pere Pujols és un home; l’home, al cap i a la fi.

Comentario al argumento ontológico de San Anselmo

Posteado en Filosofía con etiquetas, sobre 28 Marzo 2006 por Joan

“Et quidem cedimus Te esse alquid quo nihil maius cogitari potest. An ergo non est aliqua talis natura, quia dixit insipiens in corde suo: non est Deus? Sed certe idem ipse insipiens, cum audit. Hoc ipsum quod disco: aliquid quo maius nihil cogitari potest, intelligit quod audit; et quod intelligit in intellectu eius est, etiam si nom intelligat illud esse. Aliud enim est rem esse in intellectu, aliud intelligere rem esse.”

“Creemos que eres algo nada mayor de lo cual puede concebirse. Se trata, por consiguiente, de saber si tal Ser es, porque el insensato ha dicho en su corazón: No hay Dios. Porque cuando me oye decir que hay un ser por encima del cual no se puede concebir nada mayor, este mismo insensato comprende lo que digo; el pensamiento está en su inteligencia, aunque no crea que el objeto de este pensamiento es. Porque una cosa es tener idea de un objeto cualquiera y otro creer que es.”

Anselmus: Proslogio, Capitulum II

Según San Anselmo pues, la existencia de Dios es necesaria dada su naturaleza. Dios es nada mayor de lo cual nada puede concebirse, por lo que si se entiende esa idea, hay que admitir su existencia. Esto es, si entendiéramos tal idea pero no aceptáramos que existe, incurriríamos en una contradicción, puesto que deberíamos admitir un ser aún más perfecto (lo cual es imposible) que exista de facto.

En todo caso, y como consideración adicional, es preciso apuntar que San Anselmo no tenía noción alguna de la distinción entre esencia y existencia. Tal distinción no llegó a los filósofos cristianos hasta que no se tradujeron al latín los autores musulmanes, entre ellos Avicena. Así pues, San Anselmo sólo es capaz de diferenciar un ser exclusivamente en el entendimiento (tal como podría ser un centauro) y un ser real (como el hombre, del que podemos conocer la esencia y tenemos constancia de su existencia).

En la primera premisa, San Anselmo presupone que lo que él llama Dios puede concebirse realmente. Algo mayor de lo cual nada puede concebirse parece ser un concepto límite, el fin de un interminable camino. Dado que tiene que ser “lo mayor”, lo máximamente grande, y que siempre podremos pensar algo mayor a lo previamente concebido, parece que un concepto límite tenga una naturaleza un tanto difícil. Debe ser una idea total, absolutamente grande, corresponderse en la magnitud infinita. Puede pensarse algo así, pero no con suficiente consistencia como para considerarlo un “algo”. Debería ser una noción, pero es contradictorio tomar el infinito como algo concreto. Leibniz, uno de los grandes empiristas británicos, afirmaba que conceptos tales como velocidad máxima son contradictorios. No le falta razón, la velocidad máxima es propia del objeto que del punto inicial al final no invierte tiempo (puesto que, en caso contrario, podría concebirse una velocidad aún mayor), lo cual implica que no hay movimiento y, por tanto, tampoco velocidad.

En todo caso, aceptando que pueda concebirse la idea de algo mayor de lo cual no puede concebirse nada, nos encontramos ante otro obstáculo. San Anselmo presupone que la existencia (el ser real) es un atributo de grandeza, por lo que es indispensable para el mayor de los seres. Es decir, Dios es lo mayor que puede concebirse y, por tanto, debe existir (o ser realmente), puesto que si no existiera no sería lo mayor. En primer lugar, y dada su grandeza, sería delicado pensar que tal naturaleza tuviera que constreñirse a los criterios de perfección humanos. Nosotros, hombres mortales y miserables, tal vez pensamos que la existencia es un atributo de perfección, esto es, que es más perfecto un ser existente que uno simplemente ideal, pero eso no implica que una naturaleza divina deba considerarlo así. Por otro lado, y con mayor justicia, hay que considerar la réplica que hizo Kant1 a este argumento.

Según este, lo que se afirma de un ente real (existente) y de otro simplemente posible puede ser lo mismo, o dicho de otro modo, los atributos que se pueden aplicar a seres reales y seres posibles son los mismos. Los atributos de algo posible se le dan en relación a ese algo, exista o no, no por ellos mismos. Así, cuando un ente es posible, sus predicados se afirman por sí mismos, porque existen (de un modo general, no particular, es decir, aplicados a ese ente posible). Así pues, concluimos que la existencia no es algo atribuible a un ente, sino que es su posición absoluta, y no meramente relativa (como lo sería un atributo). Por lo tanto, aunque pudiera concebirse la idea de algo mayor que lo cual no puede concebirse nada, ello no implicaría que tal idea tenga que existir necesariamente, como pretende San Anselmo, sino que puede quedarse como lo que es, una idea. Es decir, no puede concluirse ni que existe ni que no, lo cual no sirve de nada.

En realidad, el argumento ontológico de San Anselmo sólo puede demostrar que algo es necesariamente. Esto es, que hay un ser que, siendo como es, no puede ser de otro modo, esto es, no puede no ser. Hay algo que permanece siempre, al margen de la contingencia del mundo. Llegamos a esta conclusión reconsiderando su argumento. Avicena había recurrido a una dialéctica similar al considerar a Dios no como algo definido y individual, sino como el Ser, simplemente, un ente total y existente. Es un ser de naturaleza tal que su esencia no puede desvincularse de su existencia; su esencia consiste en su existencia2. La necesidad de este Ser también puede derivar de la contingencia propia del mundo. Entenderlo como un ser independiente, como se concibe a Dios, es erróneo; el Ser es el todo al que debe la existencia todo lo posible, esto es, el mundo sensible. No podría ser de otro modo; la contingencia evidente de lo aparente debe sustentarse en un contenido necesario que sea su causa lógica3.

Tal como Kant afirmó, si no existiera nada a un nivel global, nada sería posible. Algo concreto puede concebirse como posible y, por tanto, no existente en algún momento. Sin embargo, de un todo tal consideración es errónea, si no hay existencia previa no puede concebirse ninguna posibilidad; algo tiene que existir necesariamente para que algo sea posible (puesto que si no, sería concebible un momento en el que nada existiese, y es evidente que existe algo). Sea lo que sea, se le llame Ser o como se quiera, el hecho es que hay existe necesariamente algo.

Muchos han sido los distintos argumentos ontológicos a lo largo de la historia. Procedan como procedan, el error último siempre consiste en la consideración de Dios como algo determinado e individual, en su personalización ideal. Sobra decir que ninguno de ellos es válido. No hay certeza, ni tan siquiera dialéctica, que exista Dios más que como mero concepto.

 

1 KANT, I.: El único fundamento posible de una demostración de la existencia de Dios, 1ª Consideración 1, 3, 1763.
2 AVICENA: Isârât (Livre des directives et remarques), trad. A.-M. Goichon, Vrin, Beirut-París, 1951, págs. 371-372
3 AVICENA: Kitâb al-Shifâ (Libro de la curación), II parte, ed. S. Van Riet, E. Peeters, Lovaina, 1983.